Relato de un «Paseo» en el Madrid de las Checas

Julián Zugazagoitia, fue militante del PSOE y hombre de confianza de Indalecio Prieto y de Juan Negrín en los años de la Guerra Civil Española.

Una vez finalizada la Guerra logró huir a Francia donde escribió «Guerra y vicisitudes de los españoles» una serie de relatos que debían ser publicados por entregas bajo el título «Historia de la guerra en España», en el periódico La Vanguardia de Buenos Aires.

La invasión de Francia por parte de la Alemania Nazi le llevó a ser detenido por la Gestapo, la cual, le deportó a España, donde acabó fusilado en las tapias del Cementerio de la Almudena, tras un juicio sumarísimo.

No siendo sospechoso de afecto hacia el régimen franquista, conviene leer hasta el final el relato que dejó escrito  sobre uno de los miles de «paseos» que se llevaron a cabo en aquellos años aciagos. Es muy revelador.

«Entre las confidencias que por aquellos días me hicieron, recuerdo dos que por razones diferentes me impresionaron. De una de ellas se desprende hasta que grado se habían desatado las pasiones innobles y mezquinas.

El episodio no deja de tener un epílogo de moral saludable. Quede en la incógnita, para que no se sospeche un propósito proselitista, la significación política de la milicia que interviene en la historia. En su oficina de mando se presenta un señor, que identifica su persona y manifiesta ser simpatizante de un partido de izquierda, acusando de fascista peligroso a una persona de su conocimiento, «de la que se puede temer todo».

La denuncia da pormenores muy precisos y concretos. El nombre y el domicilio del denunciante quedan registrados. Ya de noche, un piquete procede a la detención del denunciado. Se le somete a un interrogatorio sumarisimo y el acusado, que parece descontado el final que le aguarda, se ciera en una negativa que sus fiscales consideran insuficiente.

– Están equivocados… Yo no soy el que ustedes suponen.

El acusado repite estas palabras hasta el cansancio. Nadie presta oídos. No hay error en la detención: es la persona denunciada. Todo lo que queda por hacer es … ejecutarla. El mismo piquete que ha hecho la detención se lo lleva a uno de los extremos de Madrid. La escena promete ser corta y vulgar. La víctima renuncia a todo esfuerzo, y con el presentimiento de la muerte, recobra una calma extraordinaria. Cuando el coche se para y descienden los milicianos se apea tras de ellos y con otro tono de voz, repite lo que ya les ha dicho:

– Están equivocados. Van a cometer una injusticia que no les aprovechará.

Tampoco le oyen. Si algo les interesa es terminar pronto para volverse al cuartel, donde les aguarda la calma. Su nuevo oficio tiene fatigas que ellos no suponían. El jefe del piquete, después de disponer las cosas para la ejecución, pregunta al reo si tiene algún encargo que hacerle, en la seguridad de que será cumplildo.

– Si, y si lo hace, le perdonaré la injusticia que va a cometer. (Buscando entre los papeles de su cartera, extrae uno que ofrece al miliciano): Es el recibo de un préstamo. Le agradeceré que lo haga llegar a mi familia, ya que en lo sucesivo no tendrá otra cosa de la que vivir. Gracias, porque confío que me hará esta comisión.

El miliciano tuvo curiosidad por leer lo que decía aquel papel. Encendió su mechero y lo deletreó. Se quedo un rato perplejo, como quien hace un esfuerzo de memoria y guardándose el recibo en el bolsillo, dio una orden a sus hombres.

– Vengan, todos al coche, ¡Rápido!

– ¿ Qué pasa? – preguntó un miliciano, alarmado.

Un nuevo y más minucioso interrogatorio del detenido, mientras el recibo de la deuda pasaba de mano en mano. El crédito del detenido sobre la persona que la había denunciado era de 10.000 pesetas. El jefe de aquella milicia se volvió hacia aquel hombre, que había perdido de nuevo su calma, y le dijo:

– Está usted en libertad, y, si lo desea, uno de nuestros coches le puede llevar a su casa, a menos que prefiera pasar la noche entre nosotros e irse mañana por la mañana. A su elección.

Decidió, los ojos llenos de lágrimas, volver a su casa. A sus espaldas, los milicianos cuchichearon. Nuevas ordenes. El mismo coche que transportó a su domicilio al acusado sacó del suyo al acusador. Se entendió que no hacía falta interrogatorio. En el mismo extremo de Madrid que habían elegido en el viaje anterior, los fusiles del piquete libraron del pago de su deuda al denunciante. Por el camino de la muerte había conseguido lo que se proponía: no pagar.»

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