Los «Héroes de Baler»: 337 días bajo asedio

Hoy hace 122 años que 33 militares y 2 religiosos españoles lograron salir vivos de un asedio que había durado 337 días: los «héroes de Baler» o «Últimos de Filipinas». Tenían la orden de mantener Baler bajo dominio español. Causaron más de 700 bajas al enemigo.

Baler es un pueblo que se encuentra al este de la isla Luzón, en las Filipinas. Allí desembarcaron 54 soldados del 2º Batallón del Cuerpo Expedicionario de Cazadores armados con modernos fusiles Mauser. España estaba en guerra con Estados Unidos y los filipinos insurrectos.

Al mando del destacamento de Baler se encontraba el capitán Enrique de Las Moreras y los tenientes Alonso Zayas y Saturnino Martín Cerezo. Los soldados españoles además estaban acompañados del médico Vigil de Quiñones y el sacerdote Cándido Gómez.

El 27 de junio los españoles se dan cuenta que el pueblo de Baler se está quedando desierto: sus pobladores lo abandonan. Intuyendo que se va a producir un ataque, el capitán de Las Moreras ordena que se acondicione la Iglesia para soportar un posible asedio.

Cuentan con una ventaja: la Iglesia tiene muros de piedra de metro y medio de espesor. Y muchas desventajas: es pequeña y en ella tienen que refugiarse medio centenar de hombres. A partir del 1 de julio la Iglesia será su cuartel, su dormitorio, su comedor, su letrina,…

Al principio del asedio cuentan con suficiente comida. Y con agua: logran excavar un pozo de cuatro metros que les proporcionará agua durante todo el asedio. También tienen abundante munición, unos formidables fusiles Mauser y dos cañones.

Al comienzo de julio llega el primer ataque de los tagalos que es repelido por los españoles con gran eficacia. La iglesia queda rodeada por trincheras. En un segundo asalto amontonan leña en las paredes con el propósito de prender fuego a la iglesia. También es rechazado.

En un tercer ataque los tagalos logran llegar muy cerca de la iglesia pero la puntería de los españoles consigue que se retiren. Después de las sucesivas derrotas los filipinos entienden que lo mejor contar a los españoles la realidad: «Estáis rodeados, España ha capitulado».

Los españoles no creen a los filipinos. A estas alturas ya ha fallecido el primer soldado español a causa de sus heridas: Julián Galvete. En septiembre las condiciones de salubridad hacen que lleguen las enfermedades: el beri-beri y la disentería.

El capitán de Las Moreras y el teniente Alonso Zayas fallecen a causa de la enfermedad. Toma el mando el teniente Martín Cerezo. A los 145 días del asedio cuenta con 35 soldados, un corneta y tres cabos. Tampoco entra en su cabeza la idea de rendirse.

Pero a estos españoles no les basta con resistir: el 14 de diciembre unos quince hombres salen de la iglesia, queman varias casas del poblado para despejar las líneas de tiro y logran requisar comida la cual a esas alturas del asedio ya iba escaseando.

En enero de 1899 llegan a Baler los capitanes Barbudo y Olmedo. Son prisioneros de los filipinos y tienen la misión de convencer a los asediados de que España ha capitulado. Martín Cerezo no les cree. Piensa que es un estratagema para que se rindan.

Un cabo y dos soldados tratan de que el destacamento se rinda. Martín Cerezo descubre la conspiración y ordena detenerlos. Uno de ellos logrará escapar. Los otros serán fusilados en cumplimiento del Código de Justicia Militar por el delito de traición en puesto sitiado.

Entre el 30 de marzo y el 3 de abril los ataques de los tagalos se recrudecen alternando con peticiones de rendición a los que no accede el destacamento español. Muestran periódicos en los que aparece el resultado de la guerra y la traición de los norteamericanos a los filipinos.

Martín Cerezo y su compañeros de asedio no creen a los filipinos. Si tienen que cesar la resistencia lo harán por ordenes directas de España . Y por el momento los mandos españoles no han comunicado al destacamento que tenían que cederlo a los filipinos.

En mayo de 1899 los tagalos disparan varias granadas a los muros de la iglesia. No consiguen su objetivo. Tratan de impedir el acceso al pozo potable, pero los filipinos acaban escaldados al ser sorprendidos con cubos de agua hirviendo.

A estas alturas la comida se está acabando y Martín Cerezo piensa que para salvar la vida de sus soldados y de los dos sacerdotes que los acompañan deben salir de la iglesia, lanzarse al bosque y ponerse a salvo en el primer destacamento español que encuentren.

El intento de salir de la iglesia se produce el 31 de mayo. Fracasa. Antes habían recibido la visita del teniente coronel español Aguilar que trató de convencer a los españoles de la realidad. No lo consigue pero deja unos periódicos a Martín Cerezo.

Entre esos periódicos estaba un ejemplar de «El Imparcial». Martin Cerezo lee una noticia que le confirma que los periódicos no eran un montaje para que se rindieran: un amigo compañero suyo había logrado el destino que había solicitado en la península. Y el teniente sabía que destino había solicitado.

Martín Cerezo comunica a sus soldados que ya es hora de pactar con el enemigo. Alguno de ellos se niega pero al final logra convencerles. Quedan 35 hombres. Han muerto dos militares por heridas de bala, tres por disentería y once por beri-beri.

Los filipinos aceptan las condiciones de la capitulación: no serán hechos prisioneros, serán acompañados hasta un lugar donde se encuentren fuerzas españolas o un lugar donde puedan incorporarse a ellas y serán respetados sin causarles ofensa.

El presidente filipino Emiliano Aguinaldo mostrará su admiración por la «muy resistencia de los españoles en Baler» y ordenó que tuviera con ellos todo tipo de consideraciones «porque el enemigo, cuanto más valeroso, es más digno de respeto».

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