3 comentarios en «Francisco de Orellana, su odisea al descubrir el río más caudaloso del mundo y las guerreras amazonas»

  1. . El 12 de mayo llegaron a Machiparo, se or o de un cacique al mando de 50.000 hombres en una tierra confinante con la m tica Omagua, donde los nativos se aplanaban las frentes. Los espa oles pasaban hambre porque los indios les imped an abordar las orillas del r o para abastecerse. Cuando los dos bergantines llegaron al puerto de Oniguayal, a 340 leguas de Aparia, resolvieron tomar el poblado sito en una loma con sus arcabuces y ballestas. Al final se aprovisionaron de un bizcocho muy bueno, es decir, de pan de cazabe. Orellana ten a ya muy clara la importancia del r o que les llevaba. Los afluentes eran descomunales, y el Mara n, en el punto en que recibe al Ucayali, se apareci a la imaginaci n de los espa oles como uno de los cuatro r os del Para so. El d a de la Ascensi n, los espa oles afrontaron otro r o con tres grandes islas, al que llamaron r o de la Trinidad. No se detuvieron ah , y en el siguiente pueblo se asombraron por la loza vidriada de los indios, que les pareci tan buena como la de M laga, y por sus enormes dolos tejidos de plumas. Las gentes ten an grandes orejas dilatadas, como los orejones del Cuzco. Y siguieron caminando , que es como describ a Carvajal a los espa oles cuando iban remando y no se dejaban arrastrar por la corriente. En un pueblo que med a dos leguas de largo (unos nueve kil metros), a Orellana le contaron que el rey de Paguana era rico en plata y pose a ovejas como las del Per . Eso ratificaba la idea de que los indios de las sierras del Per ten an dominio en tierras amaz nicas y que, por tanto, all pod an encontrarse las m ticas reservas de oro de los incas. Claro que Orellana no encontr oro ni vicu as en el Amazonas, sino pi as, aguacates o guanas (tal vez guan banas o guayabas). Seg n Carvajal, el r o en aquella zona ten a tal anchura que hab a momentos en que no se divisaba la orilla opuesta. Tras Paguana, los espa oles entraron en otra provincia y Orellana mand once hombres en canoas a reconocer las islas del Cacao, cerca de Leticia, y a otras partes de la Aparia Mayor, el trapecio amaz nico donde actualmente convergen tierras colombianas, peruanas y brasile as. Orellana guard un buen recuerdo de ese lugar, donde no les faltaron los huevos de tortuga para comer. El 3 de junio descubrieron un r o de aguas como tinta, que Orellana bautiz precisamente como r o Negro, nombre que ha perdurado hasta nuestros d as. Durante veinte leguas los espa oles de Orellana vieron que el color de las aguas del Negro no se dilu a en el r o Solimoes, nombre del Amazonas en esa parte de Brasil . , relata Carvajal. Pero la odisea del Amazonas no hab a acabado para Orellana. Tres a os despu s, ya en calidad de gobernador de la provincia de Nueva Andaluc a como se denomin al territorio entre el Orinoco y el Amazonas , volvi al r o que hab a conquistado, se intern por su boca y muri en noviembre de 1546 en alg n lugar del que no se tiene constancia, ni cruz ni tumba. Aunque el nombre de Francisco de Orellana no se encuentra escrito en el agua, sino en lo m s alto de la historia de las exploraciones.

  2. A partir de aquel punto pocas aldeas encontraron donde sus habitantes les prestaran apoyo, y mas bien debieron tomarlo por la fuerza, pero el 5 de junio de 1542 el cronista Gaspar de Carvajal comenta que llegaron a un asentamiento en cuya plaza encontraron dos leones. El dominico afirma en su libro que uno de sus habitantes les aseguro ser tributario de las Amazonas ( De Carvajal, 1944, p. 36 y 37). Estos detalles siempre han suscitado dudas sobre la veracidad del relato que continua siendo aun mas extrano. Los dias 24 y 25 encontraron a dichas Amazonas y entablaron combate con ellas. Segun el cronista de la expedicion, Francisco de Orellana decidio emplear su superioridad tecnologica desde los primeros momentos y ordeno rechazar el ataque con ballestas y disparos de arcabuces ( De Carvajal, 1944, p. 37). Gracias a esas armas se logro disuadir a las mujeres y continuar el avance con solo un herido, que resulto ser el propio cronista, que fue alcanzado en un ojo ( De Carvajal, 1944, p. 37).

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