El Camino Español: la marcha de los Tercios que sostuvo un imperio durante 80 años
Camino Español
Camino Español
Hay gestas que la historia recuerda por una batalla y otras que se sostienen sobre algo mucho menos glamuroso pero infinitamente más difícil: la logística. El Camino Español pertenece a esta segunda categoría, y es precisamente por eso por lo que ha permanecido, durante siglos, en un segundo plano frente a episodios más «vistosos» de la historia militar española. Fernando Martínez Laínez, autor de referencia en la divulgación histórica de los Tercios con obras como Una pica en Flandes, viene ahora a corregir ese olvido con El Camino Español. La larga marcha europea de los Tercios (Dragón Colección, 2025), un volumen que combina rigor documental con un despliegue visual —mapas, ilustraciones y cronogramas de Ricardo Sánchez— pocas veces visto en un libro de historia militar española.

Una decisión que no fue improvisada
El libro sitúa el origen del Camino en un momento muy concreto: las reuniones del Consejo de Estado de septiembre y octubre de 1566, cuando Felipe II y sus consejeros decidieron que la única manera de sostener la soberanía en los Países Bajos frente a la rebelión que allí se gestaba era enviar un ejército. La imagen que a veces se transmite de la política imperial española como algo improvisado no se sostiene aquí: el libro documenta un proceso deliberativo, con posturas enfrentadas —Ruy Gómez y el duque de Feria defendían una intervención mínima; el duque de Alba, una demostración de fuerza inmediata— y con cifras que se ajustaron varias veces antes de dar la orden definitiva.
La elección de Alba tampoco fue automática. Tenía 60 años, sufría de gota, y el mando se ofreció antes a otros dos candidatos —el duque de Parma y Manuel Filiberto de Saboya— que lo rechazaron. Alba aceptó, según cuenta Martínez Laínez, «casi a regañadientes», con la condición de que el rey se reuniera con él en Flandes poco después. Esa reunión nunca llegó a producirse, y esa ausencia acabaría condicionando buena parte del carácter represivo que la historia asoció al gobierno de Alba en los Países Bajos.
Un haz de rutas, no un solo camino
Uno de los aportes más útiles del libro es también uno de los más sencillos de entender: el Camino Español nunca fue un itinerario único. Fue, en palabras del propio autor, «un haz de rutas» que variaba según las circunstancias políticas y militares del momento.
La ruta occidental, la primera y más utilizada, fue la que recorrió el duque de Alba en 1567: desde Génova y el Milanesado, cruzando los Alpes saboyanos por el Piamonte, hasta el Franco Condado, Alsacia y Lorena, para entrar finalmente en Flandes por Thionville, en el actual Luxemburgo. Cuando esta vía se fue cerrando por la presión francesa, cobró protagonismo la ruta central, a través de los cantones suizos católicos y el paso de San Gotardo, que enlazaba con el sur de Alemania. Y cuando también esta se complicó, entró en juego la ruta de la Valtelina, en el norte de Italia, un valle estratégico que conectaba el Milanesado con el Tirol y las posesiones del Sacro Imperio, y que España llegó a fortificar con el célebre Fuerte Fuentes.
A estas tres rutas troncales se suma un cuarto itinerario, utilizado una sola vez: el que encabezó en 1633-1634 el cardenal-infante don Fernando, hermano de Felipe IV, al frente de un ejército que atravesó Alemania y derrotó al hasta entonces invicto ejército sueco en la batalla de Nördlingen, antes de entrar en Bruselas en lo que el libro describe como «una especie de apoteosis victoriosa».
La logística como campo de batalla
Si algo transmite el libro con claridad es que mover un tercio de infantería por media Europa durante décadas no fue una hazaña menor a la de ganar una batalla; a menudo fue más difícil. El propio Martínez Laínez recuerda en la entrevista concedida para la presentación del libro que aquel primer envío de tropas implicó reunir en Milán unos 7.000 hombres de la infantería española, a los que se sumarían más adelante hasta 60.000 soldados reclutados en Alemania.
El prólogo, firmado por el teniente general César Muro Benayas —presidente de la Asociación de Amigos del Camino Español de los Tercios—, ofrece una comparación que ayuda a dimensionar la magnitud del esfuerzo: el Camino se recorría en algo más de cuarenta días, en jornadas de unas cinco leguas. Trasladado a términos actuales, equivaldría a desplazar hoy, por tierra y con apoyo logístico continuo, una población equivalente a la de una gran ciudad española… hasta Corea del Norte. Y no una vez, sino de manera sostenida durante 65 años.
El ocaso: cuando Francia cerró todas las puertas
La segunda mitad del libro es, en cierto modo, una crónica del estrangulamiento. Francia, bajo Luis XIII y el cardenal Richelieu, dedicó décadas a cortar sistemáticamente el paso de los tercios por Alsacia y Lorena, las dos regiones que daban acceso a Flandes por Luxemburgo. Cuando ambas cayeron en manos francesas, el Camino terrestre dejó de existir en la práctica.
España lo intentó entonces por mar, con resultados catastróficos: la gran flota del almirante Antonio Oquendo, cargada de soldados y dinero urgentemente necesarios en Flandes, fue destruida por la escuadra neerlandesa del almirante Tromp en la batalla de las Dunas, en octubre de 1639. El historiador Henry Kamen, citado en el libro, calcula que España pudo perder entre 1638 y 1639 cerca de 100 barcos de guerra. A ese golpe se sumaron la pérdida de Breisach tras un asedio de seis meses y la ocupación francesa del Franco Condado, el último territorio borgoñón que había permanecido fiel a la Corona.
El libro fecha el final efectivo del Camino Español en 1648, con la Paz de Westfalia, aunque sus últimos coletazos —la derrota de Juan José de Austria en la propia batalla de las Dunas terrestre de 1658 y la pérdida definitiva de Lorena y el Franco Condado ante Luis XIV— se prolongaron hasta bien entrada la década de 1670.
¿Qué queda hoy del Camino?
Preguntado por ello, Martínez Laínez es honesto: en términos materiales, poco. Los franceses se encargaron durante siglos de borrar buena parte de los vestigios españoles a su paso por estos territorios. Quedan, eso sí, algunos puntos de interés —el autor menciona el puente de Gressin, cerca de Ginebra, por donde entraban las tropas, o los restos que aún pueden verse en la catedral de Namur, donde reposó el cuerpo de Juan de Austria antes de su traslado a El Escorial— y sobre todo queda una memoria viva, sostenida por asociaciones como la de Amigos del Camino Español de los Tercios, que organizan hoy peregrinaciones a pie, en bicicleta o a caballo siguiendo aquel itinerario.
Pero el verdadero valor que reivindica el autor no es material, sino moral: una huella de disciplina, resistencia y organización que, sostiene, sigue representando lo mejor del pasado militar español.
Un libro para conservar
Más allá del contenido histórico, El Camino Español se presenta también como un objeto editorial cuidado: profusamente ilustrado, con mapas detallados de cada ruta, cronogramas y reconstrucciones de la indumentaria y organización de los tercios, obra del dibujante Ricardo Sánchez. Un libro pensado tanto para leerse como para conservarse, y que sirve además como punto de partida para el debate sobre episodios de la historia de España —como el papel de Alba en Flandes o la propaganda antiespañola de la época— que todavía hoy generan controversia historiográfica.
El Camino Español. La larga marcha europea de los Tercios, de Fernando Martínez Laínez. Dragón Colección, 2025. Prólogo del teniente general César Muro Benayas. Ilustraciones y mapas de Ricardo Sánchez.
