Bandera republicana y bandera rojigualda
Bandera rojigualda
Cuando los militares sublevados se levantaron contra el Gobierno de la República el 18 de julio de 1936, la inmensa mayoría de las unidades que se sumaron al golpe no lo hicieron enarbolando la bandera roja, gualda y morada que había adoptado la Segunda República en 1931. Lo hicieron, casi siempre, bajo la misma bandera tricolor bajo la que habían jurado bandera como soldados del Estado republicano. Solo las unidades de tradición carlista, fieles a un simbolismo que nunca había aceptado el cambio de 1931, se alzaron ya desde el primer momento con la bicolor roja y gualda. El tránsito de la bandera rojigualda en el bando sublevado no fue, por tanto, un gesto simultáneo al golpe, sino un proceso que se fue imponiendo sobre el terreno a medida que la sublevación se extendía y se consolidaba.
La Junta de Defensa Nacional
Una semana después del alzamiento, el 24 de julio de 1936, los generales sublevados constituyeron la Junta de Defensa Nacional, el órgano llamado a coordinar la acción militar y política de las tropas alzadas. El mando de aquel proyecto debía haber correspondido al general José Sanjurjo, pero este murió pocos minutos después de despegar en la avioneta que debía trasladarlo desde Portugal hasta Burgos, víctima de un accidente aéreo. En su ausencia, la Junta quedó formada por Miguel Cabanellas, Andrés Saliquet, Emilio Mola, Fidel Dávila, Miguel Montaner y Fernando Moreno, que decidieron nombrar presidente a Cabanellas, el más veterano de todos ellos por antigüedad en el generalato. Francisco Franco no se incorporó a la Junta hasta el 3 de agosto, junto con los generales Luis Orgaz y Gonzalo Queipo de Llano.
Sevilla, ensayo de un cambio a la bandera rojigualda
Antes de que el cambio de bandera se formalizara con rango de decreto, la Junta de Defensa Nacional ya había autorizado un ensayo simbólico en Sevilla con la bandera rojigualda. El 15 de agosto de 1936, en el Ayuntamiento de la ciudad, Queipo de Llano, animado por Franco, arrió la bandera tricolor e izó la bicolor ante una plaza de San Fernando abarrotada, con Millán Astray presente en el acto. Franco tomó entonces la palabra ante la multitud para presentar la bandera rojigualda como la que, a su juicio, latía «en el corazón de la inmensa mayoría de los españoles», y para vincularla a la memoria de los soldados caídos «en defensa de la Patria». El episodio de Sevilla anticipó dos semanas lo que la Junta convertiría después en norma para todo el territorio bajo su control.
El decreto 77 y su publicación
El 29 de agosto de 1936, Miguel Cabanellas, como presidente de la Junta de Defensa Nacional, firmó el decreto número 77, por el que se sustituía oficialmente la bandera tricolor republicana por la bandera bicolor rojigualda: roja, gualda y roja, con la franja central del doble de anchura que las otras dos. El texto se publicó al día siguiente, el 30 de agosto de 1936, en el Boletín Oficial de la Junta de Defensa Nacional de España, con una redacción que presentaba el cambio no como una imposición, sino como el reconocimiento oficial de un hecho ya consumado sobre el terreno:
El movimiento salvador de España, iniciado por el Ejército y secundado entusiásticamente por el pueblo, fundidos en el fervoroso anhelo de restaurar su gloriosa historia, ha sido presidido espontánea y unánimemente por el restablecimiento de la tradicional bandera bicolor: roja y gualda. Solo bastardos, cuando no criminales propósitos de destruir el sentimiento patriótico en su raíz, pueden convertir en materia de partidismo político lo que, por ser símbolo egregio de la nación, está por encima de parcialidades y accidentes. Esa gloriosa enseña ha presidido las gestas inmortales de nuestra España; ha recibido el juramento de fidelidad de las sucesivas generaciones; ha ondeado los días de ventura y adversidad patrias y es la que ha servido de sudario a los restos de patriotas insignes que, por los servicios prestados a su país, merecieron tal honor. Bajo sus pliegues gloriosos se ha producido, ahora, esta vibración patriótica jamás superada y, al recoger este clamoroso anhelo popular y restablecer oficialmente la bandera bicolor como pabellón de España, la Junta de Defensa Nacional no hace sino dar estado oficial a la que de hecho existe en todo el territorio liberado.
— Boletín Oficial de la Junta de Defensa Nacional de España, 30 de agosto de 1936
El decreto recuperaba, en sustancia, la bandera que había sido enseña nacional durante buena parte de la Monarquía y de la primera etapa de la Restauración, y que la República había sustituido en 1931 por la tricolor. En agosto de 1936, sin embargo, el escudo que acompañaba a la bicolor no era todavía el que después se asociaría al franquismo: la Junta mantuvo, de momento, el escudo de tradición republicano-alfonsina, sin el águila de San Juan.
Un símbolo que se completaría después
El decreto de agosto de 1936 resolvió la cuestión del color de la bandera, pero no la de su escudo, que tardaría todavía año y medio en fijarse. No fue hasta el 2 de febrero de 1938, ya con Franco como jefe del Estado y con la guerra en su fase final, cuando un nuevo decreto instauró el escudo con el águila de San Juan, el yugo y las flechas, presentándolo como síntesis heráldica de los Reyes Católicos y como emblema del «nuevo Estado» que la sublevación decía estar construyendo. El propio preámbulo de aquel decreto reivindicaba el águila no como un préstamo del imperio germánico, «al cabo exótico en España», sino como símbolo genuinamente español, ligado a la reconquista, a la unidad religiosa y al descubrimiento de América.
Entre ambos decretos, el de la bandera rojigualda en agosto de 1936 y el del escudo en febrero de 1938, se dibuja con nitidez el modo en que el bando sublevado fue construyendo, pieza a pieza, su propio repertorio simbólico: primero recuperando una bandera histórica que ya usaba de facto buena parte de sus tropas, y después dotándola de un escudo de nuevo cuño que expresara, de forma más explícita, el proyecto político del régimen que se estaba gestando en plena guerra civil.