Murallas reales de Ceuta
Ceuta, la antigua Septem Fratres, formó parte del Imperio romano durante aproximadamente cuatro siglos, integrada en la provincia de Mauretania Tingitana, la más occidental de las posesiones romanas en el norte de África. Su historia romana comenzó a gestarse ya en el siglo I a.C., cuando el reino de Mauretania, gobernado por el rey clientelar Juba II, hijo del último rey de Numidia, casado con Cleopatra Selene, hija de Cleopatra VII y Marco Antonio, orbitaba bajo la influencia directa de Roma. La anexión formal como provincia romana llegó en el siglo I d.C., bajo el emperador Claudio, momento en que Septem Fratres quedó plenamente incorporada al engranaje administrativo y militar del Imperio.
Ceuta: un enclave estratégico en la puerta del Estrecho
La importancia de Septem Fratres no residía en su tamaño, sino en su posición. Situada en el extremo sur del Estrecho de Gibraltar, controlaba el paso marítimo entre el Mediterráneo y el Atlántico y servía de puerto natural para el tráfico comercial y militar entre Mauretania Tingitana e Hispania, apenas a 14 kilómetros de distancia. Esta cercanía convirtió a la provincia en un apéndice económico y administrativo de la Bética romana: por el Estrecho circulaban aceite, garum, cerámica y tropas en ambas direcciones, y buena parte de la historia de Mauretania Tingitana no puede entenderse sin su relación con Hispania.
Aunque Septem Fratres no alcanzó el desarrollo urbano de otras ciudades de la provincia, formaba parte de una red que tenía en Volubilis su principal centro administrativo y monumental, situado en el interior, cerca de la actual Meknes, con foro, arco dedicado a Caracalla y magníficos mosaicos domésticos. Más cerca de Ceuta, otras ciudades como Tingi (la actual Tánger), a apenas 68 kilómetros, y Lixus, junto a Larache, completaban el mapa urbano romano del norte de la provincia, con restos arqueológicos visitables en la actualidad.
El final del dominio romano y la herencia que queda
El control romano nunca se extendió a todo el actual Marruecos: se limitó a la franja norte y atlántica, mientras el interior y el sur quedaban en manos de pueblos bereberes con los que Roma mantuvo una relación de frontera más que de conquista efectiva. Esta circunstancia hizo de Mauretania Tingitana una provincia periférica, defendida por un limes militar y dependiente en gran medida de su conexión marítima con Hispania para su abastecimiento y gobierno.
El fin de la presencia romana en Ceuta llegó con la crisis del Imperio de Occidente. En el año 429 d.C., los vándalos cruzaron el Estrecho desde Hispania y pusieron fin a varios siglos de administración romana en la región, cerrando así un capítulo que había comenzado con Juba II y Cleopatra Selene y que dejó una huella todavía visible: calzadas, cerámica, monedas y restos arquitectónicos que atestiguan que Ceuta, hoy ciudad española en el norte de África, fue durante cuatro siglos parte integrante del mundo romano. Tras los vándalos, la región pasaría brevemente a manos bizantinas antes de la conquista musulmana de los siglos VII-VIII, que marcaría el inicio de una nueva etapa histórica.
Hoy, el legado romano de Ceuta y su entorno recuerda que el Estrecho de Gibraltar nunca fue una frontera cultural, sino un puente: el mismo que unió durante siglos las dos orillas bajo la administración de Roma.