Las Médulas
Las Médulas
Roma conquista el noroeste de Hispania entre el 29 y el 19 a. C., bajo Augusto. Apenas termina la guerra, empieza allí la mayor explotación de oro a cielo abierto de todo el mundo antiguo: Las Médulas, en el actual Bierzo leonés. Durante casi dos siglos, decenas de miles de personas derriban literalmente una montaña para sacarle el oro de dentro.
La técnica que derribó una montaña sin pólvora
Plinio el Viejo la describió en su Historia Natural con un nombre exacto: ruina montium, «la ruina de los montes». Evidentemente no usaban explosivos: usaban agua. Los ingenieros embalsaban el agua en lo alto del monte y la conducían por una red de galerías excavadas en su interior. Al soltarla de golpe, la presión reventaba la montaña desde dentro, y el alud de tierra arrastraba el oro hasta los lavaderos situados más abajo, donde se separaba el metal por decantación. El paisaje rojizo y erosionado que hoy se visita en Las Médulas (cárcavas, agujas de roca, cuevas) es la cicatriz directa de ese proceso, no una formación natural.
Para alimentar el sistema hacía falta agua constante y en grandes volúmenes, así que Roma levantó allí una de las mayores infraestructuras hidráulicas de todo el Imperio: una red de canales que superaba los 600 kilómetros, trayendo agua desde los ríos Cabrera, Eria y Oza, a decenas de kilómetros de distancia. Solo uno de esos canales alcanzaba 148 kilómetros de longitud, una de las canalizaciones más largas construidas en toda la Antigüedad. Apenas medían metro y pico de ancho, con una pendiente inferior al uno por ciento calculada con una precisión topográfica que sigue sorprendiendo a los ingenieros que la han medido.
Una obra levantada por decenas de miles de manos en Las Médulas
Plinio cifra en 60.000 los hombres empleados en la explotación; los cálculos modernos, más conservadores, hablan de entre 10.000 y 20.000 trabajadores permanentes, al principio esclavos y más tarde también mano de obra libre. El volumen de tierra y roca desplazado en Las Médulas ronda los tres millones de metros cúbicos, un movimiento de tierras comparable al empleado en la construcción de la pirámide de Keops, logrado sin grúas, sin pólvora y sin más energía que la gravedad y el agua embalsada.
El propio Plinio calculó la producción aurífera de todo el noroeste peninsular en 20.000 libras romanas al año. Investigadores como Antonio García Bellido han estimado que, en los cerca de 250 años que duró la explotación de estas minas en la región, se extrajeron más de 1.600 toneladas de oro, probablemente la mayor cantidad de metal precioso que Roma obtuvo de una sola provincia.
La explotación se abandonó a finales del siglo II o principios del III, cuando se agotaron las vetas. Quince siglos después, el paisaje que dejó aquella ingeniería sigue prácticamente intacto: la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1997, un año después de que España lo protegiera como Bien de Interés Cultural. No fue una mina más de las muchas que explotó Roma: fue, por tamaño, por ingeniería hidráulica y por volumen de tierra movida, una de las mayores obras públicas de todo el Imperio.