23 monjas Adoratrices
Cada 5 de agosto, el aniversario del fusilamiento de las «Trece Rosas» llena las redes sociales de homenajes. Pero el 10 de noviembre, cuando se cumple el aniversario del asesinato de otras 23 mujeres fusiladas en el mismo cementerio, apenas nadie lo recuerda.
Madrid, noviembre de 1936. La ciudad resiste el asedio de las tropas del general Franco, que ya han llegado a las puertas de la Casa de Campo y bombardean el centro casi a diario. En ese contexto de pánico y violencia descontrolada en la retaguardia republicana, un grupo de 23 religiosas de las Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad vive escondido en un piso alquilado, tratando de pasar desapercibido. No lo consigue.
Una congregación sin sede
La comunidad tenía su casa madre en la calle Princesa, edificio ametrallado nada más iniciarse la sublevación militar de julio de 1936. Las religiosas que no pudieron refugiarse con sus familias se agruparon bajo la responsabilidad de la secretaria general de la congregación, Manuela Arriola, y alquilaron el cuarto piso del número 15 de la calle Costanilla de los Ángeles, cerca de la Gran Vía.
La tarde del 9 de noviembre de 1936, uno de los bombardeos que sufría el centro de la ciudad alcanzó la calle Preciados, a pocos metros del refugio. Poco después de las explosiones, un grupo de milicianos se presentó en el piso y las obligó a salir. Una de ellas, que no podía tenerse en pie, tuvo que ser sacada sentada en una silla.
De la checa de Fomento al paredón
Las 23 monjas Adoratrices fueron conducidas primero a la checa de Fomento, uno de los muchos centros de detención improvisados que proliferaron en el Madrid del Frente Popular. Ya de madrugada, en las primeras horas del 10 de noviembre, las trasladaron al cementerio de La Almudena, en la zona que entonces pertenecía al término municipal de Vicálvaro.
Las colocaron contra la tapia. Antes del fusilamiento, una de las hermanas dio la comunión al resto. El chófer que las trasladó aquella noche, testigo directo de los hechos, declararía años más tarde ante la Causa General, la investigación oficial abierta tras la guerra para documentar la represión en la zona republicana, que las vio morir a todas y que, siendo la mayoría jóvenes, «morían con la sonrisa en los labios y bendiciendo a Dios».
Una cifra que rara vez se cuenta entera
El caso de las 23 monjas Adoratrices no fue un episodio aislado. Según el estudio de referencia del historiador Antonio Montero Moreno, «Historia de la persecución religiosa en España», la represión en la retaguardia republicana se cobró la vida de 6.832 víctimas religiosas: 13 obispos, 4.184 sacerdotes seculares, 2.365 religiosos y 283 religiosas. A esas cifras habría que sumar, además, a los miles de laicos que fueron detenidos, «paseados» y ejecutados por el simple hecho de llevar encima una biblia, un misal o una estampa religiosa.
Lo que distingue el caso de las 23 monjas Adoratrices no es solo la brutalidad del episodio, sino su lugar en la memoria colectiva. El cementerio de La Almudena es también el escenario del fusilamiento, en 1939, de las llamadas «Trece Rosas», un crimen que cada 5 de agosto reaparece en la conversación pública como símbolo de la represión franquista de posguerra. El 10 de noviembre, en cambio, apenas genera menciones, pese a tratarse del mismo cementerio y de un número mayor de víctimas.
Memoria selectiva
Esa asimetría es el hilo conductor de mi libro Mentiras desveladas y víctimas inocentes de la Guerra Civil (La Esfera de los Libros). No se trata de comparar sufrimientos ni de establecer jerarquías entre víctimas, sino de señalar que la memoria histórica sigue siendo, noventa años después, profundamente selectiva: se recuerda con fuerza a unas víctimas y se olvida sistemáticamente a otras, en función de qué bando las mató.
Las 23 religiosas de la Costanilla de los Ángeles no empuñaron un arma ni participaron en política. Su condición de monjas fue, como en tantos otros casos de aquellos meses, motivo suficiente para su detención y su fusilamiento sumario, sin juicio ni garantía alguna. Su historia, reconstruida a partir de fuentes de la época ocupa un capítulo de mi libro dedicado a la persecución religiosa, uno de los episodios más documentados y menos divulgados de la guerra.
El próximo 10 de noviembre se cumplirán 90 años de aquella madrugada en La Almudena. Puede que, como cada año, pase casi inadvertido.