drip rifles fusiles de goteo
«Drip rifles» (fusiles de goteo) fue el nombre con el que los soldados australianos y neozelandeses bautizaron a uno de los engaños militares más ingeniosos de la Primera Guerra Mundial. Se trataba de fusiles trucados para disparar solos, con un simple mecanismo de agua y latas, que permitió a las tropas aliadas abandonar Galípoli ante las narices del ejército otomano sin que este se percatara de la retirada.
Un problema sin salida aparente
En noviembre de 1915, el general Sir Charles Monro, al frente de las fuerzas expedicionarias británicas en el Mediterráneo tras sustituir a Ian Hamilton, recomendó evacuar por completo la península de Galípoli. El Gobierno británico dio su visto bueno en diciembre, pero la orden planteaba un problema mayúsculo: retirar a decenas de miles de hombres de unas posiciones pegadas al enemigo, sin que este lo advirtiera y cayera sobre la retaguardia aliada. Los mandos temían que, si los otomanos descubrían la maniobra, las bajas podrían alcanzar las 30.000.
Para evitarlo se desplegó toda una batería de engaños: piezas de artillería falsas, maniquíes vestidos de soldado y un silencio progresivo de las líneas que simulaba normalidad. Entre todos estos trucos, el más recordado fue obra de un cabo australiano del 7º Batallón del ANZAC: William Charles Scurry, quien contó con la ayuda del soldado Alfred «Bunty» Lawrence para perfeccionar su invento.
El mecanismo de los fusiles de goteo que disparaba solo
El dispositivo, conocido entre la tropa como «drip» o «pop off», era tan sencillo como eficaz. Se colocaban dos latas de queroseno una sobre otra: la superior se llenaba de agua, mientras que la inferior, vacía, quedaba atada mediante una cuerda al gatillo del fusil. Poco antes de retirarse, un soldado perforaba un pequeño agujero en la lata de arriba. El agua comenzaba a gotear lentamente hacia la lata inferior hasta que, alcanzado cierto peso, esta caía y tiraba del gatillo, disparando el arma sin que hubiera nadie detrás.
Variando el ritmo del goteo, los australianos consiguieron que docenas de fusiles de goteo dispararan a intervalos irregulares durante varias horas, simulando fuego de francotirador desde trincheras ya vacías. Los últimos fusiles de goteo entraron en acción en las horas finales de la evacuación de Cabo Helles, en torno al 9 de enero de 1916, cerrando así la retirada definitiva de la campaña.
El resultado fue uno de los mayores éxitos logísticos de toda la Primera Guerra Mundial: se calcula que unos 80.000 hombres fueron evacuados de la península con apenas media docena de bajas gracias a los fusiles de goteo, un desenlace que contrastaba brutalmente con los ocho meses de sangrienta ofensiva que lo habían precedido. Por su papel en el engaño, Scurry fue mencionado en despachos, condecorado con la Distinguished Conduct Medal y ascendido a sargento; con el tiempo llegaría a capitán y recibiría también la Cruz Militar.