Plaza de toros de Badajoz
Plaza de toros de Badajoz
Uno de los relatos más repetidos sobre la Guerra Civil, recuperado con frecuencia por la historiografía de izquierdas y por políticos como Pablo Iglesias, es el de una supuesta «fiesta» en la plaza de toros de Badajoz: terratenientes, sus esposas, afiliados a Falange, curas y monjas ocupando los tendidos para aplaudir y jalear mientras los prisioneros republicanos salían al ruedo con las manos en alto para ser ametrallados.
El diario madrileño La Voz publicó el 27 de octubre de 1936 una crónica que fijó esta imagen en la memoria colectiva: describía a Yagüe organizando la matanza como un espectáculo, con «cavernícolas» de la ciudad ocupando los tendidos —caballeros, damas, jovencitos de Falange, religiosos— mientras las ametralladoras, dispuestas entre el público, abrían fuego sobre los prisioneros empujados al ruedo.
“Cuando Yagüe se apoderó de Badajoz, utilizando para el ataque el territorio portugués, hizo concentrar en la plaza de toros a todos los prisioneros milicianos y a quienes, sin haber empuñado las armas, pasaban por gentes de izquierdas. Y organizó una fiesta, y convidó a esa fiesta a los cavernícolas de la ciudad, cuyas vidas habían sido respetadas por el pueblo y las autoridades legítimas.
Ocuparon los tendidos caballeros respetables, piadosas damas, lindas señoritas, jovencitos de San Luis y San Estanislao de Kotska afiliados a Falange y Renovación, venerables eclesiásticos, virtuosos frailes y monjas de albas tocas y mirada humilde. Y entre tan brillante concurrencia fueron montadas algunas ametralladoras.
Dada la señal —suponemos que mediante clarines— se abrió los chiqueros y tiraron a la arena, que abrasaba el sol de agosto, los humanos rebaños de los liberales, republicanos, socialistas, comunistas y sindicalistas de Badajoz.
Confundíanse allí los viejos y los niños. También figuraban mujeres, jóvenes algunas, ancianas otras. Gritaban, gemían, maldecían, increpaban, miraban con terror y odio hacia las gradas repletas de espectadores. ¿Qué iban a hacer con ellos? ¿Exhibirlos? ¿Contarlos? ¿Vejarlos?
Pero pronto, al ver las máquinas de matar con los servidores al lado, comprendieron. Iban a ametrallarlos.
Quisieron retroceder, penetrar nuevamente en los chiqueros, pero fueron rechazados, a golpes de bayoneta y de porra, por los legionarios y cabileños que estaban a su espalda. Y se apelotonaron, lívidos, espantados, esperando la muerte…
Yagüe estaba en un palco, acompañado de su segundo Castejón. Le rodeaban, obsequiosos y rendidos, terratenientes, presidentes de cofradías, religiosos, canónigos, señoras y damiselas vestidas con provinciana elegancia.
Levantó un brazo y flameó un pañuelo. Y las ametralladoras comenzaron a disparar. (…)»
El origen de la matanza en la plaza de toros de Badajoz: una crónica escrita a veinte kilómetros de distancia
El origen de este relato no está en La Voz, sino en un artículo previo del periodista estadounidense Jay Allen, publicado pocos días después en el Chicago Tribune bajo el título «Slaughter of 4,000 at Badajoz — Blood Runs Ankle-Deep». Allen afirmaba que las tropas franquistas habían fusilado a 4.000 personas en la ciudad.
Sin embargo, Allen nunca estuvo en Badajoz. Escribió su crónica en Elvas, la localidad portuguesa fronteriza situada a unos veinte kilómetros, a partir de conversaciones con refugiados que iban llegando tras la caída de la ciudad. Su reportaje fue reproducido y amplificado rápidamente por la prensa republicana e internacional antifascista, y de ahí parece proceder buena parte de la imaginería que recoge después La Voz.
Lo que confirman los testigos presenciales y lo que no
Aquí conviene distinguir con precisión entre lo acreditado y lo no acreditado, porque el debate historiográfico no admite ni la negación total ni la aceptación acrítica del relato más difundido.
Los corresponsales que sí estuvieron físicamente en Badajoz durante o inmediatamente después de la toma —el portugués Mario Neves, del Diário de Lisboa, y el francés Jacques Berthet, de Le Temps, entre otros que cubrieron el suceso para Le Populaire, el Journal de Genève, Le Figaro y Paris-Soir— confirman que la plaza de toros fue utilizada como centro de reclusión de un mínimo de 1.200 prisioneros, y que en ella se produjeron ejecuciones.
Este relato se publicó en el diario La Voz de Madrid el 27 de octubre de 1936. Su origen procede de un artículo que el periodista estadounidense Jay Allen publicó en el Chicago Tribune pocos días después de la toma de la ciudad por las tropas del entonces coronel Yagüe. En su artículo afirmó que los nacionales habían fusilado a 4.000 personas.
Jay Allen nunca estuvo en Badajoz. Escribió su crónica en Elvas, la localidad portuguesa fronteriza situada a unos 20 kilómetros, a partir de supuestas conversaciones con refugiados que iban llegando tras la caída de la ciudad.
En realidad, la mayoría de las ejecuciones tuvieron lugar en días sucesivos junto al muro del cementerio y en otros puntos de la ciudad, en «paseos» y fusilamientos continuados, más que como un único evento espectacular escenificado dentro del ruedo ante público.
La cifra de ejecuciones tampoco está confirmada; ni siquiera se conoce una cifra concreta. Lo que sí está claro es que no fueron ejecutadas 4.000 personas en una sola tarde, y mucho menos en la plaza de toros de Badajoz.
Los corresponsales que sí estuvieron físicamente en Badajoz durante o inmediatamente después de la toma —el portugués Mario Neves, del Diario de Lisboa, y el francés Jacques Berthet, de Le Temps— confirman que la plaza de toros de Badajoz fue utilizada como centro de reclusión de más de 1.200 prisioneros y como escenario de ejecuciones.
Lo que ninguno de los dos corresponsales presenciales describe, en ningún momento de sus crónicas, es la escena del público civil asistiendo como espectáculo, aplaudiendo y jaleando desde los tendidos de la plaza de toros de Badajoz. Ese elemento concreto no aparece documentado por quienes realmente estuvieron sobre el terreno.
Que en Badajoz se produjeron ejecuciones de prisioneros republicanos es un hecho acreditado. Que existiera un público civil disfrutando de esas ejecuciones como espectáculo festivo es un elemento narrativo sin respaldo testimonial directo, construido a partir de una crónica escrita a 20 kilómetros de distancia por un periodista que no pisó la ciudad.