No te llamas Smith, te llamas Rodríguez
Pronto será 12 de octubre. Si te llamas Rodríguez, Fernández, García, Pérez, Trujillo o González y vives en Hispanoamérica, tienes motivos para estar agradecido. Difícilmente te llamarías Smith o Johnson. Detrás de cada uno de esos apellidos hay siglos de bautismos, de matrimonios y de pueblos que sobrevivieron y se fundieron con quienes llegaron de España. Al norte del río Bravo, la historia fue muy distinta.
Cada año, cuando se acerca la fecha, regresa el viejo relato del genocidio español en América. Conviene recordar quién lo difundió y a quién le resultaba útil.
La leyenda que vino del norte
No lo dice un historiador español, sino un francés. Pierre Chaunu lo resumió así: «La pretendida matanza de los indios por parte de los españoles en el siglo XVI encubrió la matanza norteamericana de la frontera Oeste, que tuvo lugar en el siglo XIX. La América protestante logró librarse de este modo de su crimen lanzándolo sobre la América católica».
Su compatriota Jean Dumont fue todavía más lejos: «Si España hubiera sido protestante, entonces un inmenso genocidio habría eliminado de América del Sur a todos los pueblos indígenas, como los británicos y sus descendientes hicieron en América del Norte».
Dos voces extranjeras, nada sospechosas de patriotismo español, que apuntan en la misma dirección: la acusación contra España sirvió durante mucho tiempo para no mirar lo que ocurría en casa propia.
Las cifras ayudan a entenderlo. El escritor italiano Vittorio Messori recordaba que en México la mayoría de la población, cerca del 90 %, o bien desciende directamente de los antiguos habitantes o es fruto de la mezcla entre los indígenas y los nuevos pobladores. En Estados Unidos ocurre lo contrario: según el censo de 2020, solo el 1,1 % de la población se declara exclusivamente indígena americana o nativa de Alaska, y el 2,9 % si se suman quienes lo combinan con otro origen.
Mestizos al sur, reservas al norte
En Hispanoamérica se crearon vínculos culturales profundos entre los españoles que llegaron a América y los indios: la lengua, la fe, el mestizaje, las ciudades compartidas. En Norteamérica, esos lazos entre ingleses e indígenas fueron escasos. A los que no mataron, los recluyeron en reservas.
El escritor colombiano Pablo Victoria describe así la mirada que los colonos ingleses tenían de los indios: «Seres sin alma, de la estirpe de las bestias, que ni merecían ser cristianizados, ni podrían entender jamás el lenguaje de la civilización, a no ser el lenguaje sordo de las armas».
La diferencia no fue solo de trato, sino también de cronología. Como bien señala García del Junco: «Antes de que los colonos ingleses y sus descendientes exterminaran a las tribus de los indios de las praderas, los exploradores españoles ya habían entrado en contacto con la mayoría de ellas y sin necesidad de exterminarlas».
Por eso, este 12 de octubre, quien lleve un apellido español en Ciudad de México, Lima o Bogotá puede mirarlo con otros ojos. No es la marca de un exterminio, sino la prueba de un encuentro del que nació un mundo nuevo, mestizo y vivo. En el norte, en cambio, los apellidos cuentan otra historia: la de quienes ya no están para llevarlos.