Urna del apóstol Santiago
Tienen en su pantalla la urna que contiene los restos del apóstol Santiago. Se encuentra bajo el altar mayor de la Catedral de Santiago de Compostela. Pero, ¿saben que durante siglos estuvieron escondidos y que la culpa, de alguna manera, la tuvo el corsario inglés Francis Drake?
El hallazgo de Teodomiro y la furia de Almanzor
Hacia el año 813, el ermitaño Paio observó luces extrañas, como una lluvia de estrellas, sobre un monte cercano a Iria Flavia. Informó del prodigio al obispo Teodomiro, quien acudió al lugar y halló un sepulcro con tres cuerpos. Según la tradición, el del apóstol Santiago el Mayor tenía la cabeza junto al cuerpo, degollado por orden de Herodes Agripa, y junto a él una inscripción que rezaba «Aquí yace Santiago, hijo del Zebedeo y de Salomé». El obispo comunicó el descubrimiento al rey Alfonso II de Asturias, quien peregrinó hasta el lugar y ordenó levantar una primera basílica, germen de la actual Catedral de Santiago de Compostela.
Durante siglos los restos permanecieron en aquel lugar, incluso cuando en el año 997 Almanzor arrasó la ciudad en su célebre campaña militar y, según narra la tradición, se llevó las campanas de la catedral a hombros de esclavos cristianos hasta Córdoba.
Drake, María Pita y el escondite bajo el altar de la urna del Ápostol Santiago
En mayo de 1589, el corsario Francis Drake se presentó frente a La Coruña al mando de la llamada Armada Inglesa, con el propósito de tomar la ciudad tras el fracaso de la Armada Invencible española el año anterior. No lo consiguió, gracias a la resistencia de sus habitantes y, muy especialmente, a María Pita, quien, tras caer su marido en la defensa de las murallas, mató a un oficial inglés y arengó a los coruñeses con su célebre grito: «Quien tenga honra, que me siga».
Antes de que los ingleses fueran derrotados, el arzobispo de Santiago, Juan de Sanclemente, que había sido obispo de Orense años antes, temió que pudieran alcanzar Compostela y decidió poner a buen recaudo los objetos de valor, documentos y reliquias de la catedral, la mayoría enviados precisamente a la Catedral de Orense.
Pero los restos del apóstol Santiago no salieron del templo: fueron escondidos en un pequeño cubículo situado detrás del altar mayor. Y allí permanecieron, prácticamente olvidados, durante casi tres siglos, hasta el punto de que muchos llegaron a dudar de que siguieran existiendo o de que algún día fueran a encontrarse.
El 28 de enero de 1879, un equipo dirigido por el investigador Antonio López Ferreiro, por impulso del arzobispo Miguel Payá y Rico, localizó los restos ocultos. El hallazgo, conocido entre los historiadores como la «segunda inventio», no estuvo exento de polémica: distintos sectores del propio cabildo compostelano discreparon sobre la autenticidad de los huesos recuperados, un debate que se prolongó durante años.
La disputa científica y eclesiástica no se resolvió de manera inmediata. Un equipo médico examinó entonces los restos y concluyó que resultaban compatibles con los de un varón adulto de complexión robusta, dato que reforzó, aunque sin certeza absoluta, la tesis de su autenticidad. Finalmente, fue el papa León XIII quien zanjó la cuestión con la bula «Deus Omnipotens», promulgada el 1 de noviembre de 1884, en la que declaraba solemnemente auténticas las reliquias conservadas en Compostela, poniendo fin oficial a siglos de incertidumbre.
Desde entonces, los restos del apóstol Santiago reposan en la urna de plata que hoy pueden contemplar los miles de peregrinos que cada año culminan el Camino de Santiago. Pocos de ellos imaginan, al inclinarse ante el altar mayor, que aquellos huesos estuvieron a punto de perderse para siempre por el temor que un corsario inglés, allá por 1589, sembró en la mente de un arzobispo.
Así, gracias en parte al miedo que un corsario inglés despertó en un arzobispo del siglo XVI, los restos del apóstol pasaron casi trescientos años escondidos tras el altar mayor antes de volver a ver la luz.