Catalina de Erauso, la novicia que alcanzó el grado de alférez luchando contra los indios mapuches

¿Saben que en el siglo XVI Catalina de Erauso se hizo pasar por varón, durante su vida intervino en numerosas disputas llegando a matar a varios hombres, se embarcó camino de América, se alistó como soldado y luchó contra los mapuches alcanzando el empleo de alférez?

La vida de Catalina de Erauso fue glosada por Juan Pérez de Montalbán, discípulo de Lope de Vega: “La Monja Alférez”. Fue agasajada por el mismismo rey Felipe IV y por el papa Urbano VIII, quién le concedió permiso para vestir y firmar como un hombre.

Su caracterización como hombre la hizo invisible incluso a su propia madre. Encontrándosela en una iglesia de San Sebastián no fue capaz de reconocerla. Su apariencia le permitía camuflarse con una identidad falsa propia de varón.

Catalina de Erauso nació en San Sebastián en el año 1585 o en el año 1592. Ella afirmaba lo primero y su partida de bautismo, lo segundo. A los cuatro años, junto a sus tres hermanas, fue internada en el Convento de las dominicas de San Sebastián el Antiguo.

Pronto las religiosas descubrieron que Catalina no tenía un carácter afable. Su rebeldía hizo que fuera trasladada al convento de San Bartolomé, de normas más estrictas que el primero. En este convento sostuvo varias reyertas hasta que logró escapar cuando tenía 15 años.

Después de varios días de caminata, “sin haber comido más que hierbas que topaba por el camino” llegó a Vitoria donde trabajó para un médico pariente lejano de su familia. Del convento había huido con ropas de hombre y el buen doctor no la reconoció.

Decidida a vivir como un hombre, robó dinero a su patrón y a los tres meses abandonó Vitoria y se estableció en Valladolid entrando al servicio como paje del secretario del rey, Juan de Idiaquez. Por entonces se hacía llamar Francisco de Loyola.

Cuentan que en Valladolid se topó con su padre, el capitán Miguel de Erauso y no le quedó más remedio que huir a Bilbao. En aquella ciudad tuvo un encontronazo con unos jóvenes que se reían de su aspecto. Uno de los jóvenes acabó herido gravemente y ella en prisión.

Cumplida la condena, pasó un tiempo en su ciudad natal al servicio de una de sus tías que tampoco la reconoció. Estando en San Sebastián tomó la decisión de viajar al Nuevo Mundo. Para ello se embarcó en Sanlúcar de Barrameda simulando ser varón.

Durante el viaje tuvo la ocurrencia de robar en el camarote del capitán de la nave por lo que pasó gran parte de la travesía encarcelada. En el primer puerto que atracaron, logró escapar e introducirse en un galeón a Perú, estableciéndose en la ciudad de Zaña.

En Zaña entró al servicio de un comerciante con el qué, sorpresa, se comportó de forma recta nombrándola éste, jefe de almacén. Allí se aficionó al juego y se vio envuelta en numerosas peleas en las que algún que otro de sus compañeros de juegos acababa herido e incluso muerto.

Acusada de homicidio y con numerosas deudas de juego, se trasladó a Lima donde un tiempo sirvió en una tienda. Después de galantear con la hija del dueño fue despedida y sin dinero, sin trabajo, decidió alistarse en el ejército para luchar en la Guerra del Arauco.

En Chile luchó contra los indios mapuches durante tres años, cuentan que con gran crueldad y ganando fama de ser valiente y hábil con las armas. Se hacía llamar Alonso Díaz Ramírez de Guzmán con la casualidad de estar al servicio de su hermano Miguel que nunca la reconoció.

En la milicia logró alcanzar el grado de alférez, rescató varias banderas del batallón robadas por los indios y ahorcó al líder mapuche Quispiguaucha. De vuelta a Lima volvió al juego, a las reyertas. En una de esas reyertas se enfrentó a su hermano al que dio muerte.

En Lima estuvo a punto de ser descubierta su condición de mujer y por ello decidió trasladarse a la villa de Potosí. Se enroló de nuevo en el ejército y estuvo batallando contra los indios en la región de los Chunchos.

Acabada la guerra se estableció en Sucre. Envuelta de nuevo en riñas y pendencias mató a dos hombres en sendas riñas de juego. Fue condenada por homicidio y sentenciada a muerte. La salvó de una muerte segura que dos testigos se retractaron cuando ya tenía la soga al cuello.

Su última aventura ocurrió en Cuzco. Después de una partida de cartas que terminó con las espadas fuera de sus fundas, acabó con la vida de un tipo al que llamaban el “Nuevo Cid”. Gravemente herida, buscada como homicida por todo el Perú, fue detenida en Huamanga (Ayacucho).

Presa, pidió ver al obispo. A este le confesó: “La verdad es está, que soy mujer”. El prelado solicitó que Catalina cumpliera pena en el convento de Huamanga pero su historia llegó al obispo de Lima que la tuvo en el convento de las comendadoras de San Bernardo, dos años.

Fue perdonada y exclaustrada en el año 1624 regresando a España haciéndose llamar Antonio de Erauso. En el viaje de vuelta redactó sus memorias. Fue recibida por el rey Felipe IV y el papa Urbano VIII que le concedió permiso para seguir vistiendo y firmando como hombre.

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