Milicianos deteniendo monjas
monjas
Ninguno, evidentemente. Y sin embargo, entre julio de 1936 y comienzos de 1937, cientos de religiosas fueron detenidas, torturadas y fusiladas en la zona republicana por el único hecho de vestir un hábito. No empuñaban armas, no dirigían columnas, no tomaban decisiones políticas: se dedicaban a enseñar, a cuidar enfermos y ancianos, o simplemente a rezar en comunidad. Eso bastó para convertirlas en objetivo.
El 19 de septiembre de 1936, en Madrid, milicianos del bando republicano asesinaron a la superiora de las religiosas escolapias, María de la Yglesia, junto a las hermanas uruguayas Dolores y Consuelo Aguiar-Mella Díaz. Dolores había sido detenida esa misma mañana cuando volvía de llevar leche a otra comunidad de escolapias; horas después, Consuelo acompañó a María de la Yglesia a una citación, confiando en que su pasaporte diplomático las protegería a ambas. No fue así.
La detención y el engaño de la citación
Desde el estallido de la guerra, Dolores Aguiar-Mella vivía junto a un grupo de religiosas escolapias que habían tenido que abandonar su colegio de Carabanchel y refugiarse en un apartamento de Madrid. Su hermana Consuelo, mientras tanto, residía con la familia de otro de sus hermanos, siempre pendiente de las amenazas que rondaban a Dolores por su cercanía a las religiosas. Ya el 12 de septiembre un grupo de milicianos se había presentado preguntando por ella, sin encontrarla. Una semana después no tuvieron esa suerte.
Aquel sábado 19 de septiembre, Dolores salió temprano a llevar leche a otra comunidad de escolapias. Al regresar, sobre las nueve de la mañana, fue interceptada en plena calle por milicianos y detenida, pese a llevar el brazalete diplomático que la identificaba como hermana del vicecónsul honorario de Uruguay en Madrid. Las religiosas que presenciaron la escena avisaron de inmediato a la familia. Al mediodía llegó a la vivienda un miliciano portando un papel escrito de puño y letra por la propia Dolores, en el que pedía que acudiera María de la Yglesia, superiora de la comunidad, acompañada de otra persona, para prestar declaración.
María de la Yglesia vivía entonces en la calle Evaristo San Miguel junto a varias hermanas. Convencida de que no debía ir sola, y confiando en que la condición diplomática de la familia Aguiar-Mella la protegería también a ella, Consuelo decidió acompañarla. Ambas se presentaron ante quienes las habían citado. Ninguna de las dos regresó. Ni siquiera el pasaporte uruguayo ni el brazalete con los colores nacionales que llevaba Consuelo sirvieron de nada: las tres mujeres (Dolores, ya detenida desde la mañana, Consuelo y María de la Yglesia) fueron asesinadas ese mismo día.
Los cuerpos y la beatificación
Al día siguiente, sus cuerpos, con el rostro desfigurado, aparecieron en el depósito municipal de cadáveres de Madrid. Fue una cuñada de las hermanas, Valentina Serrano, quien tuvo que reconocerlas por sus vestidos y por el brazalete diplomático que aún llevaban puesto.
Ni la avanzada edad de tantas religiosas fusiladas aquellos meses, ni la absoluta falta de peligrosidad de estas tres mujeres, ni siquiera la protección diplomática que Dolores y Consuelo creyeron tener, bastaron para salvarlas. Fue suficiente con que una de ellas vistiera hábito y las otras dos hubieran decidido no abandonarla.
Las tres fueron declaradas mártires por Juan Pablo II el 28 de junio de 1999 y beatificadas en Roma el 11 de marzo de 2001, dentro del mismo proceso que reconoció a otros 232 mártires de la persecución religiosa española de 1936-1939.