El 16 de junio de 1094, tras casi nueve meses de asedio, las huestes de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, entraron en Valencia. La conquista de Valencia culminaba una larga campaña militar que había comenzado en septiembre de 1093 y que permitió al célebre caballero castellano apoderarse de una de las ciudades más importantes y prósperas de la España musulmana.
Lejos de ser una victoria obtenida mediante un gran asalto final, la caída de Valencia fue el resultado de una estrategia paciente y calculada basada en el aislamiento total de la ciudad y en el desgaste de sus defensores.
Un cerco destinado a rendir la ciudad por hambre
Desde el inicio del asedio, el Cid comprendió que la mejor forma de conquistar Valencia no era mediante ataques frontales contra sus murallas, sino impidiendo que llegaran suministros. Para ello ordenó arrasar los arrabales que rodeaban la ciudad, conservando únicamente aquellas edificaciones que podían defenderse desde las propias murallas.
La destrucción de los barrios exteriores obligó a numerosos habitantes musulmanes a refugiarse dentro de la ciudad. Una vez encerrados tras las murallas, ya no podían salir a buscar alimentos, leña o cualquier otro recurso imprescindible para sobrevivir.
Mientras tanto, los hombres del Campeador mantenían una presión constante sobre la plaza. Los ataques diarios a las defensas y el bloqueo de todos los accesos impedían la entrada de provisiones. Poco a poco, el hambre comenzó a hacer estragos.
La situación alcanzó niveles dramáticos. Según relatan las fuentes de la época, los habitantes consumieron primero los recursos disponibles y posteriormente animales considerados impuros o poco aptos para la alimentación. La desesperación llegó a tal extremo que algunos cronistas describieron episodios de canibalismo entre una población agotada por meses de privaciones.
La estrategia aplicada por Rodrigo Díaz seguía un principio militar conocido desde la Antigüedad romana: en muchas ocasiones el hambre resulta más eficaz que la espada para conquistar una ciudad fortificada.
La rendición pactada de Valencia
Con el paso de los meses, el cadí valenciano Ibn Yahhaf comprendió que la situación era insostenible. Para evitar una destrucción total de la ciudad, alcanzó un acuerdo con el Campeador.
Según los términos pactados, Valencia sería entregada si en un plazo determinado no llegaban fuerzas de socorro capaces de romper el cerco. Mientras tanto, ambas partes mantendrían una tregua.
Los días transcurrieron sin que regresaran los emisarios enviados en busca de ayuda. Ningún ejército acudió a rescatar la ciudad. Cuando venció el plazo acordado, Ibn Yahhaf ordenó abrir las puertas.
El 16 de junio de 1094 Rodrigo Díaz de Vivar hizo su entrada en Valencia al frente de sus hombres, culminando una de las campañas más importantes de su carrera militar.
Una conquista reconocida incluso por los cronistas musulmanes
Resulta especialmente interesante que algunas fuentes musulmanas, pese a su abierta hostilidad hacia el Campeador, reconocieran el comportamiento de las tropas cristianas tras la ocupación.
Un cronista musulmán escribió que, una vez abierta la ciudad, ni el Cid ni sus hombres causaron daños a los habitantes ni a sus propiedades. Según este testimonio, la población recuperó cierta tranquilidad al comprobar que no se producía el saqueo que muchos temían.
El mismo cronista lamentaba que el Campeador hubiera conseguido hacerse con una ciudad que describía como una capital llena de riqueza, bienestar y esplendor, una de las joyas de Al-Ándalus.
La conquista de Valencia convirtió al Cid en señor efectivo de un territorio independiente donde gobernó hasta su muerte en 1099. Aquel dominio consolidó su prestigio militar y contribuyó decisivamente a forjar la leyenda que siglos después lo convertiría en uno de los personajes más célebres de la historia de España.
Fuente: David Porrinas González, «El Cid. Historia y mito de un señor de la guerra».

