Explosión mina Alcázar de Toledo
A mediados de septiembre de 1936 el Alcázar de Toledo era una montaña de escombros gracias a los bombardeos de la aviación y la artillería republicana. Desde el 21 de julio, cuando se inició el asedio, la fortaleza había resistido semanas de ataques constantes, refugiando en su interior a cerca de mil personas —militares, guardias civiles, falangistas y sus propias familias— al mando del coronel José Moscardó. A pesar del castigo continuo, todo intento de asalto era rechazado sin que los defensores sufrieran un número importante de bajas, lo que llevó al mando republicano a plantear una solución radical.
Los republicanos decidieron entonces derribar el edificio desde sus cimientos. Para ello llegaron a Toledo mineros —procedentes de Asturias, según distintas fuentes— que excavaron los túneles necesarios para alcanzar la fortaleza por el subsuelo y colocar un buen número de minas que, supuestamente, deberían terminar con la resistencia de los sitiados y con su vida.
La explosión en el subsuelo del Alcázar de Toledo y el asalto fallido
Los mineros excavaron dos galerías. Terminaron su labor en la madrugada del 17 al 18 de septiembre. Esa misma noche colocaron las minas al final de las galerías, y los republicanos las hicieron explosionar a las seis y media de la mañana, derrumbándose todo lo que quedaba en pie en el Alcázar salvo su torreón sudeste. Toda la zona se cubrió de polvo y humo, en una explosión de tal magnitud que también causó daños notables en otros puntos de la ciudad.
Pensando que únicamente encontrarían cadáveres entre las ruinas, 4.200 hombres se lanzaron contra ellas, llegando a colocar una bandera roja en el lugar más alto de la cara norte que quedaba en pie, dando ya por consumada la victoria. Craso error: seguía habiendo supervivientes en el Alcázar, y en tan buen estado de salud que lograron rechazar el ataque republicano, obligando a huir a los soldados que habían entrado en el recinto y retirando la bandera roja que estos habían izado.
El propio general Moscardó dejó constancia en su diario de operaciones del asedio al Alcázar de Toledo de la intensidad de aquel combate, con tiroteos particularmente violentos en los frentes norte y oeste, y de cómo hacia la una de la tarde el ataque republicano podía darse ya por fracasado, aunque el fuego continuara intenso durante horas en los frentes noroeste y sur. Al ataque se sumó también, según el propio Mola, la intervención de un tanque de artillería en la Puerta de Hierro, igualmente rechazado por los defensores tras forzar la verja de entrada. La jornada se saldó, según sus propios registros, con trece muertos, cuarenta y ocho heridos y once contusos entre las fuerzas sublevadas.
Una operación pensada para la propaganda
La operación del derribo del Alcázar de Toledo había sido preparada con tal expectativa de éxito que a Toledo se desplazó el propio presidente del Gobierno, Francisco Largo Caballero, junto a numerosas autoridades y periodistas españoles y extranjeros, convocados para presenciar lo que se daba por segura rendición de la fortaleza. Nada de eso ocurrió: la voladura, pese a su espectacularidad, no logró ni destruir a los defensores ni quebrar su voluntad de resistencia.
La resistencia se prolongó tras la explosión: el 20 de septiembre se produjo un nuevo asalto general, también rechazado, y el asedio no llegaría a su fin hasta el 27 de septiembre, cuando las columnas del general Varela, procedentes del sur tras la rápida conquista de Extremadura y el avance sobre Madrid, entraron en Toledo y liberaron a los sitiados. El episodio de la mina, con el paso de los años, se convertiría en uno de los grandes símbolos propagandísticos del franquismo, y las propias ruinas del Alcázar fueron utilizadas como instrumento de propaganda política durante buena parte de la dictadura, en recuerdo de una resistencia que ni la dinamita ni la artillería lograron doblegar.