«Este país, después de treinta años de un gobierno como el que Vuestra Majestad sabe, ha caído en manos de una mujer que es hija de un demonio y en las de los mayores bribones y herejes de la tierra». Con estas palabras describía el duque de Feria, embajador de Felipe II en Londres, el fracaso de una de las negociaciones matrimoniales más ambiciosas de la diplomacia española del siglo XVI: el intento de casar al rey católico con Isabel I de Inglaterra.
El origen de aquel plan se remonta al matrimonio anterior de Felipe II con María Tudor, la reina católica hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón. Aquella unión, sellada en 1554, respondía a una estrategia diplomática de gran calado: debilitar a Francia mediante una alianza anglo-española, restaurar el catolicismo en Inglaterra tras la ruptura protestante iniciada por Enrique VIII, garantizar el comercio con los Países Bajos españoles a través del canal de la Mancha y, sobre todo, engendrar un heredero católico que pudiera gobernar tanto Inglaterra como los territorios flamencos. El matrimonio nunca dio el fruto dinástico esperado, y la muerte de María Tudor el 17 de noviembre de 1558 dejó aquel proyecto sin heredero y sin reina.
La apuesta por la nueva heredera
La corona inglesa pasó entonces a Isabel, la otra hija superviviente de Enrique VIII, nacida de su segundo matrimonio con Ana Bolena. Para Felipe II, casarse con la nueva soberana representaba la posibilidad de retomar exactamente los mismos objetivos que había perseguido con su hermanastra: mantener el vínculo dinástico con Inglaterra, frenar la influencia francesa y asegurar la continuidad del catolicismo en la isla. El encargado de materializar esta segunda oportunidad fue Gómez Suárez de Figueroa, duque de Feria, embajador español ante la corte londinense y hombre de confianza del monarca.
Las negociaciones se prolongaron durante meses, en un contexto político especialmente delicado. Isabel I había heredado un reino donde las tensiones religiosas entre católicos y protestantes seguían sin resolverse, y su propia legitimidad como reina dependía en buena medida de su condición de hija de Ana Bolena, un matrimonio que Roma nunca había reconocido como válido. Casarse con el rey de España habría supuesto para Isabel comprometer su independencia política justo en el momento en que consolidaba su poder, además de reavivar las suspicacias de una parte de la nobleza y el clero ingleses hacia una influencia española que muchos consideraban excesiva tras los años de reinado de María Tudor.
El informe que certificó el fracaso la boda con la «Hija de un Demonio»
Isabel I optó finalmente por no contraer matrimonio con Felipe II, una decisión que se enmarca en la política de soltería estratégica que la reina mantendría a lo largo de todo su reinado, utilizando las promesas matrimoniales como herramienta diplomática sin comprometerse nunca de forma definitiva. Fue en este contexto de negociación estancada cuando el duque de Feria remitió a Felipe II el informe en el que describía la situación inglesa en términos abiertamente hostiles, calificando a Isabel de «hija de un demonio» y a su entorno de gobierno como formado por «los mayores bribones y herejes de la tierra».
El fracaso de esta segunda alianza matrimonial con «la hija de un demonio» marcó un punto de inflexión en las relaciones entre España e Inglaterra. Sin el vínculo dinástico que Felipe II había buscado durante años, ambas potencias quedaron enfrentadas en un terreno cada vez más marcado por la rivalidad religiosa, comercial y naval, un antagonismo que se intensificaría en las décadas siguientes hasta desembocar en el enfrentamiento abierto entre ambas coronas, del que la Armada Invencible de 1588 sería su episodio más recordado. Lo que había comenzado como un proyecto de alianza dinástica terminó convirtiéndose en el preludio de décadas de confrontación entre las dos potencias.
La «hija de un demonio».

