Liberación de Oviedo
El 17 de octubre de 1936, hoy hace 90 años, la columna de socorro llegada de Galicia entró en Oviedo y puso fin a casi tres meses de cerco. Aguantarlo costó a los defensores unas 2.300 bajas entre muertos y heridos, incluidos los civiles voluntarios que combatieron en primera línea. En la fase final solo sostenían la ciudad entre 500 y 600 hombres, sin apenas munición, y las milicias asturianas peleaban ya casa por casa en el casco urbano. La ciudad la había tomado el propio Aranda con una treta: hacerse pasar por leal a la República.
El coronel que fingió lealtad
El 17 de julio de 1936 el madrileño Antonio Aranda Mata, coronel, era gobernador militar de Oviedo. Ocupaba el cargo desde finales de 1934, cuando relevó al general López-Ochoa tras pacificarse Asturias después de la revuelta de octubre. Cerca de la medianoche supo de la sublevación en Marruecos.
Al día siguiente llegaron a Oviedo entre 3.000 y 4.000 milicianos socialistas y comunistas, armados con pistolas, unos 400 fusiles y alguna ametralladora de las que seguían ocultas desde 1934. El gobernador civil propuso enviarlos a Madrid y Aranda accedió encantado: quería perderlos de vista, porque ya había decidido sumarse a la rebelión. En secreto ordenó que siete compañías de la Guardia Civil se incorporaran a Oviedo. Seis llegaron el 19.
Ese día los comités del Frente Popular de Gijón y Oviedo exigieron las armas del Ejército: 10.000 fusiles, 200 ametralladoras, 100 fusiles ametralladores y 2 millones de cartuchos. Aranda puso excusas, como Moscardó en Toledo, hasta que a las 16:30 un telegrama de los generales Castelló y Miaja, en nombre de Azaña, le ordenó entregarlas. Cedió una parte y animó a las milicias a marchar a Madrid. Salieron varios miles de combatientes y Aranda quedó con las manos libres.
Dejó entonces el Gobierno Civil y se trasladó al cuartel de Pelayo. El comandante Caballero se apoderó del cuartel de la Guardia de Asalto, cuyos mandos eran en su mayoría leales. Allí fueron fusilados el comandante Alfonso Ros y sus hombres, según la bibliografía. Aranda había declarado el estado de guerra la tarde del 19 y el bando se fijó en la calle Uría al día siguiente. Esa noche informó a Mola de la adhesión de Oviedo. Contaba con el regimiento Milán (unos 400 hombres), dos baterías (200), ocho compañías de la Guardia Civil (1.300) y tres de Asalto (270). Eran unos 2.200 militares, a los que se sumaron cerca de 1.000 civiles armados.
Los partidarios de la República salieron en desbandada y se unieron a los que regresaban del camino de Madrid. Así empezó el cerco. Dentro quedaron entre 700 y 1.000 detenidos.

Tres meses de hambre, tifus y bombas
Aranda estableció un cinturón defensivo de 16 kilómetros, con unos 3.200 hombres, que en la fase final quedó en 8 kilómetros y entre 500 y 600 defensores. La aviación republicana hizo unos 130 bombardeos, a menudo con bombas incendiarias, sobre cuarteles y también sobre el barrio moderno de la Escandalera y el parque de San Francisco. A la ciudad llegaron unos 10.000 proyectiles de artillería. El 4 de septiembre cayeron unos 1.500 y Oviedo se quedó sin luz, gas ni teléfono. Los sitiadores habían cortado el agua desde el principio. El embalse se racionó, pero no bastaba para la higiene, y un brote de tifus mató sobre todo a ancianos y niños.
Gijón resistió hasta el 21 de agosto, y hasta entonces los sitiadores no pudieron concentrarse en Oviedo. El 8 de septiembre los defensores rechazaron un ataque apoyado en tres tanques Trubia. El resto de Asturias siguió fiel a la República, pero Galicia no, y de allí partió la columna de socorro.
El 4 de octubre, víspera del aniversario del intento de golpe de estado socialista contra la Segunda República de 1934, las milicias lanzaron la ofensiva final. En pocos días causaron 1.600 bajas a los defensores, que se replegaron hacia el centro. Tomaron la última central eléctrica y dejaron la ciudad a oscuras. Aviones sublevados lanzaron a los sitiados 30.000 cartuchos. La columna gallega, que había llegado a estar a 24 kilómetros, se atascó en Escamplero. A mediados de octubre lo superó y cayó sobre la retaguardia de los sitiadores. Aranda envió a Teijeiro el mensaje que las crónicas recogen el día 15: “Sólo nos resta morir como españoles”. El 17, la vanguardia del teniente coronel Teijeiro entró por San Claudio hacia las 18:30. A las nueve de la noche, con Oviedo a oscuras, él y el coronel Martín Alonso se abrazaron con Aranda.
El balance fue sangriento para todos. Los defensores sufrieron unas 2.300 bajas entre muertos y heridos, más unas 400 por enfermedad, y entre ellas había cientos de civiles voluntarios que combatieron en primera línea. Las bajas republicanas son muy dispares según las fuentes, de 2.000 a 8.000. Murieron además unos 2.000 civiles no combatientes, la mitad por los bombardeos y la otra mitad por enfermedades como el tifus. El pasillo abierto era estrecho y precario, y Oviedo siguió bajo ataque hasta octubre de 1937, cuando cayó el frente del Norte. Aranda salió del cerco convertido en héroe de la zona sublevada.