El Faraón Egipcio Pepi II y las moscas

Pepi II, el faraón egipcio que untaba a sus esclavos en miel para librarse de las moscas

La historia del Antiguo Egipto está plagada de monumentos colosales, intrigas palaciegas y dioses con cabeza de animal. Sin embargo, si tuviéramos que elegir un premio a la excentricidad real, el faraón egipcio Pepi II Neferkara se llevaría la corona sin mucho esfuerzo.

Gobernante de la Dinastía VI durante el Imperio Antiguo, si creemos a las fuentes que nos han llegado, Pepi II ostenta uno de los reinados más largos de la historia de la humanidad. Pero más allá de su longevidad y del trágico colapso de su imperio, este monarca ha pasado a la posteridad por un enemigo público muy concreto, pequeño y zumbante: las moscas.

El faraón egipcio, un dios en la Tierra no comparte su espacio con insectos

Para los antiguos egipcios, el faraón egipcio no era un simple político; era la encarnación viviente del dios Horus. Su palabra era ley y su comodidad, un asunto de Estado. El problema es que el Valle del Nilo, con su clima desértico, su humedad fluvial y su ganadería, era el caldo de cultivo perfecto para plagas incesantes de insectos.

Mientras que los ciudadanos de a pie utilizaban redes de pescar o aceites vegetales para espantarlas, Pepi II consideraba que un dios viviente no podía rebajarse a dar manotazos al aire. La solución que ideó rozó el ingenio más maquiavélico y la crueldad más extravagante. El faraón ordenó que varios de los esclavos de su séquito personal fueran desnudados y embadurnados completamente con miel espesa. Estos sirvientes debían permanecer estáticos a una distancia estratégica del monarca. El plan funcionaba con una eficacia matemática, ya que, atraídas por el olor dulce y pegajoso, las moscas ignoraban por completo al faraón y se lanzaban en masa hacia el cebo humano. Mientras el rey disfrutaba de la brisa del Nilo en perfecta calma, sus esclavos vivían un auténtico calvario zumbante, convertidos en trampas para insectos vivientes.

El niño mimado que creció rodeado de un poder absoluto

Para entender este nivel de capricho, hay que entender al personaje. Pepi II subió al trono cuando era solo un niño de unos seis años, tras la muerte de su padre y de su hermano. Creció rodeado de una corte complaciente donde nadie jamás le decía que no, lo que moldeó una personalidad obsesiva y caprichosa desde la infancia.

Existe una famosa carta real de su niñez que ya auguraba sus futuros niveles de exigencia. Cuando el explorador Harkhuf le escribió avisando de que traía un enano danzante de una expedición al sur, el niño Pepi II se obsesionó por completo. Le respondió ordenando que dejara todo de lado y custodiara al hombre día y noche, advirtiéndole textualmente de que si el bailarín caía al agua, la cabeza del explorador rodaría. El joven faraón egipcio quería su juguete nuevo intacto a cualquier precio, demostrando desde muy temprano que las vidas humanas estaban por debajo de sus deseos.

El trágico final de un reinado eterno que terminó en caos

El remedio contra las moscas funcionó durante décadas, pero no hubo ungüento capaz de frenar el paso del tiempo. Pepi II gobernó durante la increíble cantidad de más de noventa años, una longevidad inaudita para la época que terminó convirtiéndose en la ruina de su propio imperio.

En sus últimas décadas de vida, Pepi II se convirtió en un anciano centenario demasiado débil para gobernar con firmeza. Los gobernantes locales, conocidos como nomarcas, se dieron cuenta de este vacío de poder y empezaron a independizarse de la corona, reteniendo los impuestos y fragmentando el país. A la muerte del soberano, sin un sucesor fuerte que pudiera unificar el territorio, Egipto se sumergió en el caos, el hambre y la guerra civil, marcando el fin del Imperio Antiguo. Pepi II pasó su vida buscando la paz absoluta, aislándose del molesto ruido del mundo exterior a costa del sufrimiento de sus súbditos, pero no pudo evitar que los verdaderos buitres de la política desmantelaran su imperio en cuanto dio su último suspiro.

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