El vapor Cabo Machichaco. Dibujo de autor desconocido, s. XIX. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
El 3 de noviembre de 1893, poco antes de las cinco de la tarde, Santander dejó de ser la ciudad que había sido esa misma mañana. Un vapor que ardía en el muelle, rodeado de bomberos, autoridades y miles de curiosos, guardaba en sus bodegas más de cuarenta toneladas de dinamita. Cuando estalló, la ciudad perdió en un instante a cientos de sus vecinos. Fue la peor catástrofe civil de la España del siglo XIX, y aún hoy los santanderinos la recuerdan cada año.
Un barco de cabotaje con una carga explosiva
El Cabo Machichaco era un vapor de casco de hierro construido en Inglaterra en 1882 y adquirido después por la naviera sevillana Ybarra, que lo empleaba en el cabotaje por la costa española. Había zarpado de Bilbao a finales de octubre con una carga variada: harina, vino, papel, tabaco, hierro, hojalata… y unas 1.720 cajas de dinamita fabricada en Galdácano, destinadas casi todas a puertos del sur. Sobre cubierta viajaban además una veintena de garrafones de vidrio con ácido sulfúrico.
Una epidemia de cólera en Bilbao obligó al buque a guardar cuarentena frente a Santander. A primera hora del 3 de noviembre, por fin, atracó en uno de los muelles centrales, en pleno corazón de la ciudad. Las normas del puerto exigían que los explosivos se descargaran lejos, en zonas apartadas de la bahía. No se cumplieron.
Un incendio convertido en espectáculo
Hacia las dos de la tarde empezó a salir humo de una de las bodegas de proa. Nunca se ha sabido con certeza qué lo provocó: se habló de una colilla mal apagada y también de la rotura de uno de los recipientes de ácido. La tripulación, a las órdenes del capitán Facundo Léniz, trató de sofocarlo, y pronto acudieron los bomberos de la ciudad, marineros de otros barcos —entre ellos los del vapor correo Alfonso XIII—, la Guardia Civil y las primeras autoridades de la provincia, con el gobernador civil a la cabeza.
Lo que nadie hizo fue despejar el muelle. Miles de santanderinos se acercaron a contemplar el fuego como quien asiste a un espectáculo. Se intentó inundar las bodegas y, al final, abrir boquetes en el casco para hundir la proa. No dio tiempo. Hacia las cinco menos cuarto, la dinamita explotó.
La ciudad arrasada
La onda expansiva derribó o dejó en ruinas decenas de edificios de los muelles y de la calle Méndez Núñez, y los incendios que siguieron hicieron el resto. Una lluvia de hierros, vigas y cascotes cayó sobre la ciudad; las crónicas cuentan que restos del barco aparecieron a kilómetros de distancia y que el bastón del gobernador civil fue hallado en una playa lejana. Unas trescientas personas murieron en el acto, y en las semanas siguientes la cifra se acercó a las seiscientas, con más de un millar de heridos, en una ciudad que rondaba los cincuenta mil habitantes.
Entre los muertos estaban el capitán y casi todos los oficiales del Cabo Machichaco, la tripulación del Alfonso XIII que había acudido en ayuda, la mayoría de los bomberos, buena parte de los guardias civiles de la ciudad y el propio gobernador. Santander quedó literalmente descabezada, hasta el punto de que el Gobierno tuvo que enviar al ministro de Hacienda, Germán Gamazo, para hacerse cargo de la situación.
Una segunda explosión y la ira de los vecinos
La pesadilla no terminó aquel día. Los restos del buque quedaron hundidos en la bahía con parte de la dinamita aún dentro. El 21 de marzo de 1894, durante los trabajos para retirarla, se produjo una nueva explosión que mató a una quincena de operarios, entre ellos un buzo. La indignación popular estalló contra las autoridades y la naviera, y a finales de mes el cañonero Cóndor destruyó con cargas controladas lo que quedaba del pecio.
Por qué importa hoy
La tragedia del Machichaco es una lección de manual sobre lo que ocurre cuando las normas de seguridad se ignoran por comodidad y cuando se subestima el peligro: la carga no debió atracar en el centro, el muelle debió desalojarse y la información sobre lo que llevaba el barco tardó demasiado en circular. Dejó también una huella cultural: José María de Pereda la llevó a su novela Pachín González (1896).
Hoy, junto al antiguo muelle, la plaza del Machichaco conserva el monumento levantado en memoria de las víctimas de las dos explosiones, y el Ayuntamiento de Santander les rinde homenaje cada 3 de noviembre. Ciento treinta y tres años después, la ciudad no olvida aquella tarde en que el fuego se convirtió en espectáculo y el espectáculo, en tragedia.