El Virreinato de Nueva España fue el más extenso, rico y complejo de todos los que integraron el Imperio español. Creado en 1535 y con capital en la actual Ciudad de México, llegó a abarcar en su momento de mayor esplendor, durante el siglo XVII, un territorio verdaderamente colosal que se extendía desde el norte de lo que hoy son los Estados Unidos hasta Centroamérica, e incluía además las posesiones españolas en el Pacífico, entre ellas las Filipinas.
Nueva España fue una de las regiones más avanzadas del mundo de su tiempo. Su capital, la ciudad de México, era una de las mayores urbes del planeta, con una población superior a la de la mayoría de las ciudades europeas. Contaba con universidades, imprentas, hospitales, academias científicas, una administración sofisticada y una vida cultural intensa. No es casual que ya en 1812 observadores extranjeros afirmaran que la ciudad de México era más moderna y avanzada que ciudades como Washington o Filadelfia, entonces capitales aún jóvenes de los Estados Unidos.
Un territorio que iba mucho más allá del México actual
Aunque hoy se identifique de manera casi automática el Virreinato de Nueva España con el actual México, su extensión territorial era inmensamente mayor. Comprendía la totalidad del territorio mexicano actual y, además, vastas regiones que hoy forman parte de los Estados Unidos.
Dentro de Nueva España se encontraban los actuales estados de California, Nevada, Colorado, Utah, Nuevo México, Arizona y Texas. A ellos se sumaban Oregón, Washington, Florida y amplias zonas de Idaho, Montana, Wyoming, Kansas, Oklahoma y Luisiana. Incluso el suroeste de la actual Columbia Británica, en Canadá, estuvo bajo soberanía española durante décadas. Todo ello formaba parte de un mismo entramado político, jurídico y económico articulado desde la ciudad de México.
Este enorme espacio no era un “vacío” carente de organización. Hubo ciudades, presidios, misiones y rutas que permitieron una presencia efectiva, aunque dispersa, y una cierta integración administrativa de territorios muy diversos. La presencia española en el norte de América fue temprana y sostenida durante siglos, anterior a la expansión anglosajona, si bien limitada por la escasa población y las enormes distancias.
La independencia de México y el inicio del declive territorial
La independencia de México en 1821 supuso una ruptura traumática con el sistema político y administrativo que había mantenido unido ese vasto territorio durante casi tres siglos. El nuevo Estado mexicano heredó una extensión inmensa, pero carecía de los medios, la estabilidad política y la estructura institucional necesarias para defenderla.
A partir de ese momento, y especialmente durante la primera mitad del siglo XIX, los Estados Unidos iniciaron una expansión territorial agresiva hacia el oeste y el sur, amparada en la doctrina del “Destino Manifiesto”. México, debilitado por conflictos internos, golpes de Estado y una economía frágil, fue incapaz de resistir esa presión.
El primer gran golpe llegó con la secesión de Texas en 1836, fomentada y apoyada por colonos anglosajones y por el propio gobierno estadounidense. Pero la pérdida más devastadora se produjo tras la guerra entre México y Estados Unidos (1846-1848). Como consecuencia del Tratado de Guadalupe Hidalgo, México perdió cerca de la mitad de su territorio: California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah y partes de Colorado pasaron a manos estadounidenses. A ello se sumó, pocos años después, la cesión de la franja de La Mesilla mediante la llamada Compra de Gadsden.
En apenas tres décadas, México perdió aproximadamente un tercio de la extensión heredada tras la independencia, no frente a España, sino frente a los Estados Unidos.
El contraste es evidente: mientras que durante la etapa virreinal Nueva España fue un territorio cohesionado, próspero y respetado, la ruptura del orden imperial dio paso a una pérdida acelerada de soberanía y de territorio. Lejos de los tópicos, fue bajo la administración española cuando se consolidó la unidad territorial, se fundaron las grandes ciudades y se desarrollaron las instituciones que hicieron de Nueva España una de las regiones más avanzadas del mundo occidental.

