Mestizaje en Hispanoamérica
Nadie se mezcla con quien pretende exterminar. Nadie funda familias, pueblos y generaciones con aquellos a quienes considera inferiores. El hecho mismo de que la América hispana sea mayoritariamente mestiza desmonta uno de los grandes mitos de la historia moderna: la idea de que la presencia española en el Nuevo Mundo fue un proyecto de destrucción racial.
A diferencia de otros imperios europeos, España no concibió América como una simple colonia de explotación, sino como una prolongación de sus propios reinos. Por eso se fundaron ciudades, universidades, iglesias y ayuntamientos. No se iba solo a extraer riqueza, sino a vivir, poblar y crear sociedades estables, con leyes, familias y continuidad histórica.
La integración como modelo frente a la segregación
Los primeros españoles que llegaron eran, en su mayoría, hombres. Pero, a diferencia del mundo anglosajón, España nunca prohibió el matrimonio entre españoles e indígenas. Al contrario, los indígenas fueron reconocidos como vasallos libres del rey y la Iglesia afirmó su plena humanidad. Esto permitió matrimonios legítimos, familias y herencias mixtas. El mestizo nació así como parte normal de la sociedad, no como una anomalía.
Los españoles que llegaron a las Indias tampoco lo hicieron con una mentalidad supremacista de tipo racial o nacional. No se consideraban superiores por ser blancos o europeos, sino por pertenecer a una civilización cristiana. Y precisamente esa civilización, por su naturaleza católica, no excluye, sino que invita a integrar. Convertir al otro, incorporarlo a la fe y a la comunidad, era un deber religioso y una orden expresa de la Corona. Desde el momento en que un indígena era bautizado, adquiría la misma dignidad espiritual y jurídica que cualquier otro cristiano.
El mestizaje como nacimiento de una civilización
En pocas generaciones, la población mestiza se convirtió en mayoritaria. No fue un fenómeno marginal, sino el corazón mismo de la América hispana. Mientras otros imperios construían sistemas de segregación, reservas y jerarquías raciales, el mundo hispánico desarrolló una sociedad de mezcla, integración y convivencia.
El mestizaje no fue solo biológico, sino también cultural. Lengua española, derecho romano, fe cristiana y herencia indígena se fundieron para dar lugar a una civilización nueva: Hispanoamérica. Por eso México, Colombia, Perú o Bolivia no son países europeos trasplantados ni restos de mundos indígenas aislados, sino naciones mestizas con identidad propia.
La América hispana existe porque España no separó razas: las unió. Y de esa unión nació una de las civilizaciones más grandes del mundo.

