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Los idus de marzo: 23 puñaladas que recibió Julio César y que cambiaron la historia de Roma

El 15 de marzo del año 44 antes de Cristo, una fecha que pasaría a la historia como los idus de marzo, tuvo lugar uno de los magnicidios más famosos de la Antigüedad: el asesinato de Cayo Julio César. En ocasiones se ha atribuido a uno de los conspiradores la frase latina «Sic semper tyrannis», es decir, «así siempre con los tiranos». Sin embargo, lo más probable es que nadie pronunciara esas palabras y que se trate de un recurso dramático añadido siglos después. Curiosamente, el asesino de Abraham Lincoln sí gritó esa misma expresión tras disparar al presidente estadounidense en 1865.

La conspiración contra el dictador

Según relata el historiador Suetonio, aquel día Julio César acudió a una sesión del Senado que se celebraba en el teatro de Pompeyo. Allí lo esperaban decenas de conspiradores. Cuando el dictador tomó asiento, alrededor de sesenta hombres, la mayoría senadores, lo rodearon repentinamente y comenzaron a atacarlo con dagas.

Los primeros en herirlo habrían sido Tilio Cimbro y Servilio Casca. A partir de ese momento se produjo un ataque colectivo. Entre los principales organizadores del complot se encontraban Cayo Casio, Marco Junio Bruto y Décimo Junio Bruto. En total, el cuerpo de César recibió 23 puñaladas. Algunas fuentes antiguas sugieren incluso que trató de defenderse y que logró herir a alguno de sus agresores antes de caer.

Las últimas palabras y el destino de los magnicidas

Las crónicas antiguas también han alimentado el misterio sobre las últimas palabras de Julio César. Suetonio afirma que, al reconocer entre los conspiradores a Marco Junio Bruto, pronunció la frase: «¿Incluso tú, hijo mío?». Bruto era hijo de Servilia Cepionis, antigua amante de César, lo que alimentó rumores en Roma sobre una posible paternidad.

Siglos después, William Shakespeare popularizó otra versión en su obra La tragedia de Julio César, en la que el dictador exclama: «¡Tú también, Bruto, hijo mío!». No obstante, muchos historiadores consideran probable que César no llegara a pronunciar palabra, ocupado únicamente en intentar protegerse de las puñaladas.

Los conspiradores justificaron el asesinato alegando que los poderes dictatoriales que el Senado había concedido a César lo acercaban peligrosamente a la figura de un rey y ponían en riesgo la República romana. Creían que eliminándolo devolverían el poder al Senado y restaurarían el antiguo equilibrio político.

El cuerpo de Julio César fue trasladado por sus esclavos hasta su casa. Días después, el 20 de marzo, fue incinerado en una gran pira funeraria levantada en el Foro romano. Sus cenizas fueron depositadas posteriormente en el Campo de Marte, junto a la tumba de su familia.

Sin embargo, el destino tampoco fue benigno con los conspiradores. Como señala Suetonio, ninguno escapó a su final: «Todos fueron condenados a muerte… y todos la recibieron de distintas maneras: algunos en un naufragio, otros en la batalla y algunos utilizando las mismas dagas con las que habían traicionado a César para quitarse la vida». El asesinato de César no salvó a la República; por el contrario, abrió una nueva etapa de guerras civiles que acabarían llevando al poder a su heredero, Octavio Augusto.

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