En el corazón del Valle de los Reyes, donde reposan algunos de los faraones más poderosos del antiguo Egipto, existe una tumba que sigue desconcertando a los arqueólogos. Cuando fue descubierta en 1906, no contenía los restos de un rey, una reina ni un alto dignatario, sino los de un perro y un babuino momificados. Se trata de KV50, una sepultura excepcional que demuestra hasta qué punto algunos animales podían recibir un tratamiento funerario reservado a las más altas personalidades del reino.
La denominación KV50 procede del sistema de catalogación de las tumbas del Valle de los Reyes. Las siglas KV corresponden a King’s Valley («Valle de los Reyes», en inglés), mientras que el número 50 indica que fue la quincuagésima tumba registrada oficialmente en este yacimiento. No hace referencia al orden en que fue construida, sino al momento en que quedó identificada por los arqueólogos.
El perro, de aspecto similar al antiguo tesem, un lebrel utilizado para la caza en el Egipto faraónico, fue cuidadosamente embalsamado y depositado en una tumba excavada en pleno Valle de los Reyes, un privilegio extraordinario. Junto a él descansaba un babuino, otro animal especialmente apreciado por los antiguos egipcios.
¿La mascota del faraón Amenhotep II?
KV50 se encuentra muy cerca de la tumba de Amenhotep II (KV35), lo que ha llevado a numerosos especialistas a plantear que ambos animales pudieron pertenecer a este faraón de la XVIII dinastía. Sin embargo, ninguna inscripción identifica a su propietario, por lo que la relación sigue siendo una hipótesis basada en la proximidad de ambas sepulturas.
La tumba fue descubierta en 1906 por el arqueólogo Edward R. Ayrton durante las excavaciones financiadas por Theodore M. Davis. Aunque había sido saqueada en la Antigüedad, los ladrones dejaron atrás las dos momias animales, que aparecieron apoyadas contra una de las paredes de la cámara funeraria.
La excelente conservación del perro permitió apreciar gran parte de su anatomía. Los investigadores consideran que probablemente se trataba de un perro de caza de tipo tesem, una raza representada con frecuencia en pinturas y relieves del Imperio Nuevo por su velocidad y fidelidad.
Un honor reservado a muy pocos
Los antiguos egipcios mantenían una estrecha relación con sus animales domésticos. Perros, gatos, monos o gacelas aparecen con frecuencia representados junto a sus dueños en pinturas funerarias. Sin embargo, ser enterrado en el Valle de los Reyes constituía un privilegio absolutamente excepcional.
KV50 forma parte de un reducido grupo de sepulturas conocido como las Tumbas de los Animales, integrado por KV50, KV51 y KV52. Todas ellas contienen animales momificados y se encuentran muy próximas a la tumba de Amenhotep II, lo que ha llevado a algunos egiptólogos a pensar que pudieron formar una pequeña necrópolis destinada a las mascotas de la familia real.
Para los egipcios, la momificación garantizaba la continuidad de la existencia en el Más Allá. Si un faraón deseaba seguir acompañado por sus animales más queridos después de la muerte, estos también debían ser preservados mediante el mismo ritual funerario.
Más de tres mil cuatrocientos años después, el perro de KV50 continúa siendo uno de los hallazgos más singulares del Valle de los Reyes. Aunque nunca sepamos con certeza quién fue su dueño, su enterramiento en el lugar más prestigioso del antiguo Egipto constituye una prueba excepcional del vínculo que podía unir a un faraón con sus compañeros más fieles.

