La conquista de América no fue una guerra entre españoles e indígenas, ni se produjo en un territorio idílico o pacífico. América no era un paraíso cuando llegó Colón, sino un continente marcado por conflictos, guerras y dominaciones entre pueblos. En ese contexto, pequeños contingentes españoles actuaron con el apoyo de amplias coaliciones indígenas, sin las cuales la expansión española habría sido imposible.
Un continente dividido antes de la llegada europea
Cuando los españoles llegaron a América, encontraron territorios profundamente fragmentados. Imperios y señoríos indígenas ejercían su dominio sobre otros pueblos mediante tributos, trabajos forzosos y control militar. Estas relaciones de poder habían generado enfrentamientos constantes y rivalidades duraderas. En ese escenario, los españoles se integraron como aliados de grupos que buscaban debilitar a sus enemigos tradicionales.
En México, Hernán Cortés avanzó hacia Tenochtitlán con un ejército formado casi en su totalidad por indígenas: unos 150.000 hombres, de los que solo 900 eran españoles. Tlaxcaltecas, cempoaltecas, chalcas, otomíes y otros pueblos participaron de forma masiva en la campaña contra el poder mexica, mientras los españoles constituían una minoría numérica.
Alianzas indígenas como factor decisivo de la conquista
En el área andina, Francisco Pizarro actuó en un contexto marcado por divisiones internas y por la dominación inca sobre huancas, tallanes y otras etnias. Varios pueblos sometidos por el Imperio inca se aliaron con los españoles y aportaron combatientes, recursos y apoyo logístico, lo que resultó determinante para el avance de la expedición.
El mismo patrón se repitió en Centroamérica y el Caribe. Vasco Núñez de Balboa y otros conquistadores consolidaron su presencia mediante acuerdos con caciques locales enfrentados a otros grupos indígenas. Incluso desde los primeros contactos, Cristóbal Colón estableció alianzas con líderes indígenas.
Estas alianzas respondieron a intereses políticos concretos. Para muchos pueblos, colaborar con los españoles era una forma de alterar equilibrios de poder existentes. No existió una respuesta indígena unificada ni una oposición común frente a los europeos.
La conquista española fue posible por la colaboración activa de amplios contingentes indígenas, que en muchos casos vieron a los españoles como libertadores frente a poderes locales que los dominaban. Para esos pueblos, aliarse con un poder externo resultó preferible a continuar bajo la autoridad de otros grupos indígenas. Sin este hecho, la conquista no se explica.

