cueva catalana
Un equipo de investigadores ha identificado 280 grabados del Paleolítico Superior en las paredes de la Cova de la Font Major, una cueva catalana visitada por el turismo desde hace décadas sin que nadie advirtiera su arte rupestre.
El hallazgo
El 30 de octubre de 2019, durante la primera campaña de excavación de un proyecto del Departamento de Cultura de la Generalitat de Catalunya, un investigador del IPHES-CERCA advirtió restos de trazos paleolíticos mezclados con grafitis modernos en un sector conocido como Les Gatoneres de Cal Palletes, a unos 250 metros de la entrada de la Cova de la Font Major (L’Espluga de Francolí, Tarragona). El hallazgo fue casual: llegó poco después de una riada del río Francolí que había afectado la zona.
Tras años de documentación con modelos tridimensionales de alta resolución —necesarios porque los grabados están sobre paredes de limo arenoso, blandas y muy frágiles al tacto—, el equipo ha catalogado 280 motivos paleolíticos. De ellos, 55 son figuras zoomorfas: caballos, ciervas (la mayoría identificadas como hembras), bóvidos (posibles uros) y cabras o cápridos, además de un oso de frente, con las orejas marcadas y la boca ligeramente abierta, una representación inusual en el arte paleolítico. No aparecen especies de clima frío como el reno o el mamut.
El resto son motivos abstractos: líneas paralelas agrupadas de dos en dos o de cuatro en cuatro, series de 15 a 40 trazos alineados y, en un panel del sector 2, cientos de grabados en forma de bucle cuyo significado se desconoce. La técnica es la incisión simple, a veces con raspado; los surcos miden entre 3 y 7 mm de ancho y las figuras, entre 15 y 45 cm. Los autores aprovecharon a menudo accidentes naturales de la roca, como los límites entre estratos, para trazar las líneas de suelo de sus figuras.
El estudio, firmado por Josep Maria Vergès Bosch (IPHES-CERCA) y Míriam Salas-Altès (IPHES-CERCA y Universitat Rovira i Virgili), se titula Filling gaps: the Palaeolithic rock art of the Cova de la Font Major on the north-east Iberian Peninsula y se ha publicado en la revista Antiquity.
Décadas a plena vista
La Cova de la Font Major no es una cueva remota: su «redescubrimiento» moderno se remonta a 1853, está abierta al público desde 1957 y forma parte de una ruta turística organizada desde 1993. Durante más de sesenta años, miles de visitantes, espeleólogos y buscadores de tesoros recorrieron sus galerías sin reparar en los grabados, que quedaban confundidos entre nombres, fechas y grafitis modernos tallados sobre las mismas paredes blandas — y que en algunos puntos han dañado ligeramente las figuras prehistóricas.
«Durante más de seis décadas, miles de visitantes pasaron directamente frente a las superficies grabadas», resume Vergès. La explicación no es solo el camuflaje entre el vandalismo: como la cueva lleva explorándose desde el siglo XIX, existía la asunción generalizada de que cualquier resto prehistórico relevante ya habría sido localizado. La galería donde están los grabados no forma parte del recorrido abierto al público, lo que ha permitido preservarlos, pero también explica que pasaran inadvertidos tanto tiempo.
Una primera noticia parcial del hallazgo, con algo más de 100 grabados documentados, se dio a conocer en 2020; el estudio ahora publicado en Antiquity eleva la cifra final a 280 motivos tras varios años de documentación sistemática.
Por qué es importante
Hasta este estudio, Cataluña solo conservaba dos representaciones en cueva atribuidas al Paleolítico, y de origen incierto, lo que alimentaba la idea de que el nordeste de la península ibérica había sido un «territorio marginal» para el arte de la Edad de Hielo, al margen de la región franco-cantábrica (Altamira, Lascaux, Niaux), que concentra la mayor parte del arte rupestre paleolítico europeo.
Los 280 motivos de la Font Major cambian esa imagen de golpe. Con 55 figuras de animales, la cueva pasa a ser el tercer conjunto de arte parietal paleolítico más importante de toda la fachada mediterránea ibérica por número de animales representados, solo por detrás de Ardales y La Pileta (Andalucía). Para medir la magnitud del salto: alrededor del 75 % de los conjuntos conocidos en esa fachada mediterránea tienen cinco o menos figuras de animales, y más del 90 % no supera las veinte.
Además de la cantidad, los investigadores sostienen que el estilo de los grabados —cómo se representan los animales y los signos— difiere del repertorio franco-cantábrico, lo que apunta a una tradición gráfica mediterránea propia en el nordeste ibérico, no una simple variante periférica. «Al contrario de lo que se pensaba, el nordeste de la península ibérica conserva yacimientos de arte rupestre paleolítico de primer orden», afirma Salas-Altès.
La cronología aún es aproximada: no se ha aplicado datacion por series de uranio-torio a las costras de calcita, así que la edad se infiere por el estilo y el contexto. Las dataciones radiocarbónicas de la cueva documentan presencia humana entre hace unos 41.000 y 26.000 años, y rasgos estilísticos de varias figuras (extremidades en «doble Y», cabezas trilineales) sugieren que buena parte de los grabados serían anteriores al Magdaleniense (es decir, de más de 19.000-17.000 años), aunque los autores no descartan que algunos sean magdalenienses. Si se confirma esa antigüedad, el volumen y la calidad del conjunto sugieren que la región estuvo más poblada y fue más activa culturalmente durante el Paleolítico superior temprano de lo que se creía, y los propios autores piden ahora una prospección sistemática del arte rupestre en el resto de Cataluña.