Don Carlos hijo de Felipe II

El príncipe que se convirtió en arma: la leyenda negra de Don Carlos de Austria, el hijo de Felipe II

La muerte del príncipe Carlos en 1568, hijo de Felipe II, encerrado por orden de su propio padre, no tardó en salir de los límites de la Corte española para convertirse en munición propagandística en la Europa dividida por la Reforma. Lo que en Madrid se vivió como una tragedia dinástica y un problema de Estado, en los Países Bajos y en Francia se transformó en la prueba definitiva de la crueldad de Felipe II.

Una vida marcada por la fragilidad

Carlos de Austria nació en Valladolid en 1545, hijo de Felipe II y de María Manuela de Portugal, que falleció a los pocos días del parto. Quedó así huérfano de madre desde su nacimiento, mientras su padre, ausente con frecuencia por las obligaciones de gobierno, tampoco pudo ejercer una presencia constante en su crianza. Fue educado en Alcalá de Henares junto a don Juan de Austria y Alejandro Farnesio, donde mostró una notable afición por los libros y una curiosidad intelectual variada, aunque también empezaron a apreciarse signos de un temperamento inestable.

Su complexión física fue débil desde joven, y en 1562 sufrió una grave caída por unas escaleras que agravó de forma notable su desequilibrio mental. Pese a ello, en 1560 había sido jurado heredero del trono, y en 1564 su padre lo incorporó a los consejos de Castilla y Aragón, nombramiento que Carlos consideró insuficiente frente a sus aspiraciones de gobernar los Países Bajos. Su deterioro se aceleró con los años: intentó huir del reino, buscó apoyo en don Juan de Austria, quien terminó por advertir al rey, y llegó a agredirle. Felipe II ordenó su reclusión a comienzos de 1568, y el príncipe murió pocos meses después, en julio de ese mismo año, sin haber salido de sus aposentos.

El origen flamenco del mito

El detonante de la leyenda no fue español, sino neerlandés. Guillermo de Orange, sublevado contra su señor natural, pues Felipe II era también conde de Flandes por herencia paterna, encontró en la reclusión y posterior fallecimiento del hijo de Felipe II un argumento perfecto para su causa. La prisión y muerte del infante se convirtió en un argumento de propaganda bélica contra el rey, de la mano del propio Orange. En su célebre Apología, publicada en plena revuelta contra el gobierno del duque de Alba, Orange no se limitó a denunciar la dureza de los métodos españoles en Flandes, sino que acusó directamente al monarca de adulterio, de incesto por su matrimonio con su sobrina Ana de Austria, y de haber asesinado con sus propias manos a su hijo Carlos y a su esposa Isabel de Valois.

Esta acusación de infanticidio resultaba especialmente eficaz porque explotaba un rumor que ya circulaba en focos protestantes: la supuesta relación amorosa entre el hijo de Felipe II y su joven madrastra. Se trata de una hipótesis sin respaldo documental sólido, pero que encontró terreno fértil en una Europa donde la imagen de la Monarquía Hispánica ya estaba siendo construida como la del «demonio del sur». La muerte de Don Carlos, junto con el posterior asesinato de Escobedo, secretario de don Juan de Austria, se convirtió en uno de los dos episodios que cimentaron esa imagen en los países del norte de Europa, donde el rechazo hacia Felipe II se mantuvo firme durante generaciones.

Del panfleto político al drama romántico

Uno de los ingredientes principales de la Leyenda Negra fue precisamente esa personalidad tiránica y cruel atribuida a Felipe II, bautizado como el «Tiberio español», en contraste irónico con el sobrenombre de «Rey Prudente» que la historiografía española le otorgaría después. La versión que vinculaba la crisis del príncipe a una relación amorosa con Isabel de Valois se difundió especialmente desde Francia, mientras que en la propia España la penetración de esta imagen resultó más lenta, al mezclarse el ataque al rey con un ataque al orgullo nacional.

Fue este relato, ya desprovisto de su función bélica original y convertido en material literario, el que llegó dos siglos después a Schiller, cuyo drama Don Carlos, Infant von Spanien (1787) fijó definitivamente la imagen romántica del príncipe como símbolo de la libertad de conciencia frente al despotismo paterno. Verdi tomaría después esa misma tradición para su ópera Don Carlo, consolidando en la cultura popular europea una versión del personaje muy alejada de la que describen los documentos de la época sobre el hijo de Felipe II.

Conviene señalar que la realidad histórica documentada, la inestabilidad mental del príncipe, agravada tras el accidente de 1562, sus intentos de fuga a los Países Bajos y su intento de agresión contra don Juan de Austria, apunta a un cuadro clínico complejo antes que a una conspiración política por parte de Felipe II. La correspondencia diplomática de la época, como los informes del embajador de la Corte de Viena, describe a un joven con graves problemas físicos y de carácter, lo que resta verosimilitud a la tesis del asesinato por motivos amorosos o políticos, aunque el debate historiográfico sobre el grado de responsabilidad paterna en el desenlace sigue abierto entre los especialistas.

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