Obispo de Barbastro Florentino Asensio Barroso
Otro de los asesinatos que la memoria oficial prefiere silenciar es el de Florentino Asensio Barroso, obispo de la diócesis de Barbastro, en la provincia de Huesca. Unos «alegres» milicianos tuvieron la «deferencia» de cortarle los testículos antes de proceder a su ejecución. El episodio, ocurrido en agosto de 1936, resume por sí solo la saña con la que la persecución religiosa se ensañó aquel verano con el clero español.
Asensio Barroso había nacido en Villasexmir, un pequeño pueblo de Valladolid, el 16 de octubre de 1877. Ordenado sacerdote en 1901, llegó a Barbastro como administrador apostólico apenas unos meses antes del estallido de la guerra, tomando posesión de la diócesis el 16 de marzo de 1936 en una ceremonia casi privada, dado el clima de hostilidad anticlerical que ya se respiraba en la ciudad. Contaba con 58 años cuando fue asesinado, no 66 como recogen algunas crónicas hagiográficas posteriores.
La detención y el cautiverio de Florentino Asensio Barroso
Pasados dos o tres días del inicio de la sublevación contra el orden republicano y del inicio de la Guerra Civil, el prelado Florentino Asensio Barros fue detenido. Lo recluyeron primero en el colegio de los Escolapios de Barbastro y después en la cárcel del Ayuntamiento, donde compartió cautiverio con sacerdotes y fieles a quienes confortó y bendijo pese a su propia situación. El detonante de la represión sobre el clero barbastrense había sido el asalto, el 20 de julio, a la casa de la comunidad claretiana, cuyos superiores fueron arrestados de inmediato mientras el resto de religiosos quedaba encerrado bajo vigilancia.
En la noche del 8 al 9 de agosto de 1936, el obispo Florentino Asensio Barros fue sometido a una tortura de especial brutalidad. Varios de sus captores lo increparon con insultos soeces y uno de ellos le seccionó los testículos con una navaja, en una escena que los propios testigos de la época describieron como deliberadamente humillante, casi ritual. Fue fusilado al amanecer del 9 de agosto de 1936. Las fuentes discrepan sobre el lugar exacto de la ejecución, aunque la tradición sitúa el desenlace en el cementerio de la ciudad.
Una matanza que superó al obispo
El asesinato de Florentino Asensio Barroso no fue un hecho aislado, sino la culminación de una represión sistemática contra el clero de la diócesis. Entre el 2 y el 15 de agosto de 1936, los milicianos republicanos llevaron a cabo sucesivas «sacas» desde el colegio San Lorenzo de las Escuelas Pías, donde permanecía recluido un numeroso grupo de religiosos. Fueron fusilados 51 religiosos claretianos, 18 benedictinos de la Congregación de Solesmes del monasterio de El Pueyo, 9 escolapios del propio Colegio San Lorenzo y varios laicos, en una de las proporciones de mortandad de clero más elevadas de toda España durante la contienda.
El obispo de Barbastro no fue además un caso único entre la jerarquía eclesiástica. Aquel mismo mes de agosto de 1936 fueron asesinados otros varios prelados: los obispos de Lérida, Cuenca y Segorbe, entre otros, en una oleada de episcopicidios que confirma hasta qué punto la persecución religiosa alcanzó, sin excepción, a la más alta jerarquía de la Iglesia.
Sus restos fueron exhumados tras la guerra e identificados gracias a las iniciales bordadas en su ropa interior, hallándose el cuerpo incorrupto. Hoy se venera en la capilla de San Carlos Borromeo de la catedral de Barbastro, donde fue trasladado tras su identificación. El 4 de mayo de 1997, Juan Pablo II lo beatificó en la plaza de San Pedro, reconociéndolo como mártir en odio a la fe, con festividad litúrgica fijada el 9 de agosto, aniversario de su muerte.
Noventa años después, el nombre de Florentino Asensio Barroso apenas figura en los relatos oficiales de la memoria histórica española. Su historia, sin embargo, forma parte inseparable de la del verano de 1936: la de un país que se desangró por ambos costados y cuyas víctimas, todas, merecen ser recordadas con el mismo rigor y la misma dignidad.