Felipe II y María Tudor

Cuando Felipe II estuvo casado con la reina de Inglaterra

La historia tiende a olvidar que, durante más de cuatro años, Felipe II fue rey de Inglaterra. Todo comenzó con una boda celebrada el 25 de julio de 1554 en la catedral de Winchester. El joven príncipe español se unía a la reina María I de Inglaterra, una mujer ferviente de la fe católica que cargaba con una pesada herencia familiar. María era hija de Enrique VIII y de su primera esposa, Catalina de Aragón, lo que la convertía en nieta de los Reyes Católicos y prima del emperador Carlos V. Su padre había roto los lazos de Inglaterra con la Iglesia de Roma para poder divorciarse, y ahora ella regresaba al trono dispuesta a devolver a su país a la órbita católica.

Detrás de este matrimonio no había ni una pizca de romance, sino una fría y milimétrica jugada de ajedrez geopolítico ideada por Carlos V. El emperador buscaba un objetivo doble y crucial para sus intereses. Por un lado, quería aislar por completo a Francia, la gran enemiga de la corona española, rodeándola mediante una alianza anglo-española. Por el otro, pretendía consolidar de forma definitiva la vuelta del catolicismo a las islas británicas aprovechando la profunda fe de la nueva reina.

Sin embargo, los ingleses no estaban dispuestos a convertirse en un satélite del Imperio español. Ante el recelo del pueblo y de la nobleza, el Parlamento impuso unas condiciones durísimas antes de dar el visto bueno al enlace. Felipe recibió el título de rey de Inglaterra, pero su poder estaba atado de pies y manos. El acuerdo dejaba claro que no podía llevar funcionarios españoles a la corte, que no podía arrastrar a Inglaterra a las guerras de España y que, si la reina moría sin dejar descendencia, él perdería la corona de inmediato de forma automática.

Los embarazos fantasma y el peso de la distancia

La vida en común de los monarcas se convirtió pronto en un calvario de frustraciones. María, once años mayor que Felipe, se enamoró perdidamente de su joven esposo. En cambio, para el futuro rey de España, Inglaterra era poco más que un destino incómodo y un frío deber de Estado que debía cumplir por obediencia a su padre. El gran propósito de la unión era engendrar un heredero católico que consolidara la dinastía y apartara del trono a la protestante Isabel, la hermana de María.

Ese ansiado hijo nunca llegó, pero la obsesión de la reina por asegurar la sucesión provocó una de las tragedias más íntimas de su reinado. María sufrió dos episodios de embarazos psicológicos. Su cuerpo reaccionaba de forma externa a la gestación, pero los meses pasaban y las cunas se quedaban vacías, lo que destrozó su salud y hundió su credibilidad política ante una corte que la vigilaba de cerca.

Felipe, desesperado por la falta de resultados y aburrido de la corte inglesa, empezó a distanciarse. En 1556, tras la abdicación de Carlos V, se convirtió oficialmente en rey de España y abandonó Londres para gobernar sus propios territorios. Solo regresó una vez, de forma breve, para pedir hombres y dinero para la guerra contra Francia, una petición que costó sangre a los ingleses y aumentó el rechazo popular hacia la influencia española.

El trágico final y el nacimiento de una enemistad histórica

El matrimonio se disolvió de golpe en noviembre de 1558 con la muerte de María I. Tal y como dictaban las estrictas leyes inglesas firmadas antes de la boda, Felipe II perdió en ese mismo instante todos sus derechos dinásticos sobre Inglaterra y tuvo que olvidarse de la corona británica. La muerte de la reina dejó vía libre para el ascenso al trono de su hermana, Isabel I, lo que supuso el colapso absoluto de toda la estrategia que Carlos V había diseñado años atrás.

El cambio de rumbo en Londres transformó radicalmente el mapa europeo. Felipe II intentó un último movimiento desesperado y llegó a proponer matrimonio a la nueva reina Isabel para retener la alianza, pero ella rechazó la oferta con astucia diplomática, decidida a consolidar el protestantismo y a romper amarras con el continente.

Aquella antigua unión matrimonial, que nació con la idea de pacificar y fusionar los intereses de ambas potencias, terminó saltando por los aires. Con el paso de los años, la inicial cordialidad diplomática entre Felipe e Isabel se fue enconando debido a la piratería inglesa en el Atlántico y los conflictos religiosos.

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