El Parque Arqueológico de Pompeya ha dado a conocer el hallazgo de un armario de madera que permaneció sepultado casi dos mil años, desde la erupción del Vesubio en el año 79 d. C. El mueble apareció en una casa de la Vía de la Abundancia, una de las calles más concurridas de la ciudad romana, y su contenido ofrece un retrato íntimo de la vida cotidiana de uno de sus habitantes. El hallazgo se hizo público el 29 de octubre de 2026.
Un armario reconstruido a partir de sus huellas
La casa, identificada como IX 11, 7 y atribuida de forma provisional a un tal Cornelius Maximus por unas inscripciones que ya no son visibles, tenía su fachada excavada desde 1912. Los arqueólogos han investigado ahora algunas de las estancias situadas tras ella, dentro de un proyecto de restauración más amplio. El armario no se conservaba entero: los especialistas lo han recompuesto a partir de las huellas que dejó en los depósitos volcánicos y de los objetos que seguían en su lugar.
La habitación conserva pinturas de cuarto estilo vinculadas al taller de la Vía de Castricio, acordes con una vivienda acomodada en pleno centro de la ciudad. Cuando el volcán entró en erupción, además, se estaban realizando obras de renovación en la casa. El director del Parque, Gabriel Zuchtriegel, ha advertido de que no puede reconstruirse con certeza la identidad de quienes vivían allí, aunque los fragmentos permiten acercarse a su día a día.
Los objetos de una vida cotidiana
La pieza más llamativa es un collar de al menos 24 pequeños objetos de hueso, pasta vítrea, cerámica y cristal de roca. Algunos reproducen a los dioses Bes y Mercurio, y otros adoptan la forma de manos, pies, piñas y racimos de uvas en miniatura. Se trata de crepundia, amuletos que los romanos ponían a los niños como protección y que, al entrechocar, producían un ruido que ayudaba a los adultos a localizarlos. En ocasiones se conservaban hasta la edad adulta como recuerdo de la infancia.
El armario guardaba también unas pinzas, un pequeño frasco de vidrio para perfume o ungüento, un quemador de incienso y recipientes de bronce, vidrio y cerámica, además de ollas de cocina. Unas pesas de plomo, almacenadas en una caja de madera casi desaparecida, sugieren que alguien en la casa participaba en el comercio. Una pequeña cesta de fibras vegetales, una cistella, contenía 38 monedas de bronce.
Que tanto el dinero como los objetos de valor sentimental quedaran allí indica, según los arqueólogos, que los habitantes no tuvieron tiempo de recuperarlos tras la erupción. La excavación aportó además un detalle de la vida urbana que apenas ha cambiado en dos milenios: los esqueletos fragmentados de dos ratones jóvenes dentro de un ánfora guardada en un altillo.
Fuentes: Parque Arqueológico de Pompeya, Reuters y Archaeology Magazine.