Cristianismo copto
Cristianismo copto
Cuando el evangelista Marcos desembarcó en Alejandría a mediados del siglo I, encontró una ciudad que era, después de Roma, el centro intelectual más importante del Mediterráneo. Allí, según la tradición eclesiástica, convirtió a un zapatero llamado Aniano, que acabaría sucediéndole al frente de la sede episcopal. De ese episodio fundacional, más leyenda piadosa que hecho documentado, arranca la historia de una de las iglesias cristianas más antiguas y singulares del mundo: la Iglesia copta.
El término «copto» no designa en origen una confesión, sino simplemente a los egipcios: procede del griego aigyptios, que los árabes transformaron en qibt tras la conquista del siglo VII. Solo con el tiempo la palabra pasó a identificar a los cristianos nativos de Egipto, herederos directos, por lengua y por linaje, de la población del valle del Nilo en época faraónica.
Un crecimiento lento del cristianismo copto y una fe mestiza
La expansión del cristianismo en Egipto fue todo menos fulminante. Los cálculos basados en registros onomásticos sitúan la proporción de cristianos en apenas un uno por mil de la población hacia el año 182, en tiempos del obispo Demetrio de Alejandría; hacia el 300, sin embargo, ya representaban entre un 15 y un 20 por ciento del total. Ese avance se produjo conviviendo, durante generaciones, con los cultos tradicionales egipcios y con la religiosidad grecorromana, en una ciudad —Alejandría— célebre por su efervescencia filosófica y su sincretismo. En su escuela catequética se formaron algunos de los primeros grandes teólogos cristianos, con un método de lectura simbólica y alegórica de las Escrituras que la distinguió de la escuela rival de Antioquía.
De ese cruce de tradiciones surgió también uno de los fenómenos religiosos más influyentes de la Antigüedad tardía: el monacato. Fue en el desierto egipcio, entre los siglos III y IV, donde anacoretas como Pablo de Tebas o Antonio Abad se retiraron a vivir en soledad y ascesis, muchas veces instalándose en antiguas tumbas faraónicas. Pacomio de Tabennesi dio un paso más y organizó, en la Tebaida, la vida en comunidad, el cenobitismo, con una regla escrita que ordenaba la oración, el trabajo y la vida en común de varios miles de monjes y monjas. Shenoute de Atripe, al frente del monasterio Blanco, continuó esa senda y se convirtió en el autor más prolífico en lengua copta, la última fase de la vieja lengua egipcia, ahora escrita con el alfabeto griego más unos pocos signos añadidos. En esa lengua se tradujo íntegramente la Biblia entre los siglos III y IV, y en ella se conservó, entre otros textos, el gnóstico Evangelio de Judas, hallado en 1983.
El cisma que dio nombre a una Iglesia
Si el desierto forjó la identidad espiritual copta, fue un concilio el que selló su identidad institucional. En el año 451, el Concilio de Calcedonia definió que en Cristo coexistían dos naturalezas, divina y humana, «sin confusión ni separación». El patriarca de Alejandría, Dióscoro, defensor de la fórmula miafisita, una sola naturaleza, resultado de la unión indisoluble de lo divino y lo humano, fue depuesto en el propio concilio. A este agravio doctrinal se sumó otro de orden político: el canon 28 rebajaba la sede de Alejandría en favor de Constantinopla, invirtiendo el orden fijado en Nicea. La afrenta doctrinal y jerárquica resultó decisiva: en el año 457 el patriarca Timoteo Eluro rechazó formalmente Calcedonia, y de esa ruptura nació la Iglesia ortodoxa copta, junto con las demás iglesias que hoy se conocen como ortodoxas orientales: la armenia, la siríaca y la etíope.
La condición de Iglesia separada no impidió que el monacato del cristianismo copto siguiera floreciendo, ni que sus comunidades convirtieran templos paganos en iglesias, como el de Isis en File, cristianizado bajo Justiniano, o trasladaran reliquias de mártires a antiguos santuarios de curación, como ocurrió en Menouthis con los restos de Ciro y Juan. Con la conquista islámica de Egipto en 642 los coptos quedaron sometidos a impuestos especiales y restricciones legales, pero conservaron su lengua litúrgica, su calendario y su jerarquía propia. Hoy, con entre un 10 y un 20 por ciento de la población egipcia, la Iglesia copta ortodoxa sigue siendo la mayor comunidad cristiana de Oriente Próximo: una fe nacida en el desierto que sobrevivió a Roma, a Bizancio y al islam sin dejar nunca de hablar, en su liturgia, la lengua de los faraones.
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