López Ochoa
Uno de los crímenes más brutales que cometieron los milicianos del Frente Popular fue el del general Eduardo López Ochoa en el Hospital Militar de Carabanchel. Lo sacaron de su habitación, lo fusilaron, lo decapitaron y clavaron su cabeza en una bayoneta y la pasearon por Madrid.
El origen: la revolución de Asturias de 1934
Su asesinato tuvo su origen en un episodio anterior a la contienda: la mal llamada revolución de Asturias de octubre de 1934, instigada por el PSOE. López Ochoa había sido el jefe de las fuerzas que sofocaron aquel levantamiento contra la legalidad republicana, una actuación por la que llegó a ser condecorado, en febrero de 1935, con la Gran Cruz de la Real y Militar Orden de San Fernando. Sin embargo, tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936, fue procesado por tres fusilamientos que se le atribuían en Oviedo, ordenados sin formación de causa. Los socialistas que habían protagonizado la revuelta asturiana nunca le perdonaron su papel en la derrota del movimiento.
Al estallar la sublevación militar en julio de 1936, López Ochoa se encontraba ingresado en el hospital militar de Carabanchel, hoy Hospital de la Defensa, adonde lo había enviado su amigo el general Sebastián Pozas Perea, ministro de la Guerra en el Gobierno de concentración de Martínez Barrio, confiando en que allí estaría a salvo de las milicias del Frente Popular. No fue así: era frecuente que sanitarios de tendencia izquierdista y milicianos, que entraban y salían del centro con libertad, lo amenazaran durante su estancia.
La madrugada del 18 de agosto
La mañana del 18 de agosto, un grupo de milicianos se presentó en su habitación. Desde el primer momento le advirtieron de que iban a por él. El general, que se encontraba en pijama, pidió autorización para vestirse antes de salir, petición que le fue denegada. Así, en pijama y alpargatas negras, fue sacado del hospital.
En un primer momento, sus captores pensaron fusilarlo junto a una de las tapias del recinto hospitalario, pero fueron advertidos de que los disparos podían alcanzar a otras personas que se encontraban en el centro hospitalario. Optaron entonces por trasladarlo a un cerro cercano, donde lo ejecutaron. La violencia contra el general no terminó con su muerte: le cortaron la cabeza, la clavaron en una bayoneta y la pasearon por varios barrios de Madrid como trofeo. El cuerpo decapitado fue enterrado al día siguiente en el cementerio del Este.
La censura de un asesinato
El diario ABC de Madrid, sometido entonces a la censura del bando republicano, publicó una esquela que ocultaba por completo lo sucedido: informaba de que el general «ha fallecido en el Hospital Militar de Carabanchel, donde se hallaba recluido, a causa de una antigua dolencia». No hubo mención alguna al fusilamiento, ni a la decapitación, ni al macabro paseo de su cabeza por las calles de la capital. La prensa madrileña de aquellos meses, controlada por el Frente Popular, ocultó sistemáticamente este tipo de crímenes, presentándolos como muertes naturales o accidentales cuando afectaban a militares o a personas de significación conservadora, mientras denunciaba con detalle los cometidos por el bando sublevado.
El caso de López Ochoa resulta especialmente elocuente porque la víctima no era un simple particular sin relevancia pública, sino un general del Ejército con un historial político complejo: para unos, el militar que había sofocado la revolución de Asturias; para otros, un procesado que en teoría se encontraba bajo la protección de las propias instituciones republicanas. Ni su condición de procesado, ni su hospitalización, ni la amistad de altos cargos del Gobierno como el general Pozas sirvieron para protegerlo de la violencia incontrolada que se desató en la retaguardia madrileña durante aquel verano de 1936, cuando las checas y las milicias actuaban con total impunidad al margen de cualquier control judicial o gubernamental.
Casi noventa años después, el asesinato del general López Ochoa sigue siendo un episodio prácticamente desconocido para el gran público, pese a la brutalidad excepcional con que se ejecutó. Recordarlo no responde a un afán de reabrir heridas, sino al convencimiento de que la memoria de la Guerra Civil solo puede construirse desde el rigor histórico y la voluntad de dar a conocer, sin exclusiones ni silencios selectivos, todos los episodios de violencia que se cometieron en ambos bandos.