Juana I de Castilla
El 6 de noviembre de 1479 nació en Toledo la infanta Juana, tercera hija de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón. Recibió el nombre de su abuela paterna, Juana Enríquez, y se educó con esmero: tuvo entre sus maestras a Beatriz Galindo y llegó a ser una de las princesas más instruidas de la Europa de su tiempo. Nada en aquel nacimiento hacía pensar que acabaría ciñendo las coronas de Castilla y de Aragón, porque por delante tenía a su hermano Juan y a su hermana mayor, Isabel.
Su destino fue, en un principio, el de cualquier infanta de la época: un buen matrimonio. En 1496 se casó con Felipe de Habsburgo y Borgoña, conocido como el Hermoso, y se marchó a Flandes, lejos de su madre.
La heredera que nadie esperaba
Entre 1497 y 1500 murieron su hermano Juan, su hermana Isabel y el hijo de esta, el pequeño Miguel, que había quedado como heredero de los reinos. De pronto, Juana era la sucesora. Isabel la Católica la reclamó en Castilla y las Cortes la juraron heredera en Toledo en mayo de 1502. Al morir su madre, el 26 de noviembre de 1504, Juana se convirtió en reina de Castilla. El testamento de Isabel ya preveía que, si su hija no quería o no podía gobernar, lo hicieran Fernando el Católico y, más adelante, su nieto Carlos.
El reinado efectivo de Juana y Felipe duró apenas unos meses. Tras la Concordia de Villafáfila, firmada con Fernando en junio de 1506, el Hermoso quedó al frente del gobierno junto a su esposa. El 25 de septiembre de aquel año murió en Burgos, con 28 años, tras una indisposición que siguió a una partida de pelota. Corrieron rumores de envenenamiento y se habló de la jarra de agua fría, pero la descripción que dejó un médico de la corte, con fiebre, dolor en el costado y esputos de sangre, apunta más bien a una enfermedad infecciosa.
Lo que vino después alimentó la leyenda. Felipe había sido enterrado en la Cartuja de Miraflores, pero Juana recordó que había pedido descansar en Granada y ordenó exhumarlo en diciembre de aquel año. Embarazada de su hija Catalina, emprendió el traslado del cuerpo viajando de noche. El cortejo fúnebre recorrió Castilla durante meses hasta que, en 1509, la reina se instaló en Tordesillas. Allí quedó depositado el cadáver de su marido, en el convento de Santa Clara.
¿Loca o apartada del poder?
Durante siglos se dio por hecho que Juana estaba loca. Gregorio Marañón sostuvo que padecía una enfermedad mental grave, y esa fue durante mucho tiempo la versión dominante. Historiadores como Manuel Fernández Álvarez o Joseph Pérez la cuestionan: recuerdan que buena parte de las fuentes proceden de quienes tenían interés en apartarla del trono, empezando por su padre y por su hijo. Bethany Aram propone una lectura intermedia: Juana pudo sufrir graves problemas emocionales tras la muerte de Felipe, pero eso no implica una incapacidad permanente.
Lo indiscutible es lo que ocurrió después. Fernando el Católico regresó a Castilla como regente, y cuando Carlos de Habsburgo llegó al trono como Carlos I no cambió su situación. Juana pasó cuarenta y seis años encerrada en Tordesillas, aunque nunca dejó de ser reina: en los documentos oficiales figuraba junto a su hijo hasta su muerte. Durante la revuelta de las Comunidades, los comuneros intentaron ganarla para su causa y enfrentarla a Carlos, pero se negó a firmar ningún documento que lo comprometiera, un gesto difícil de conciliar con la imagen de una mujer completamente incapacitada.
Murió en Tordesillas el 12 de abril de 1555. Sus restos descansan hoy en la Capilla Real de Granada, junto a su esposo Felipe y a sus padres, los Reyes Católicos: el destino que ella misma había intentado alcanzar siguiendo un ataúd por los caminos de Castilla en el invierno de 1506.