Felipe el Hermoso
Felipe el Hermoso
El 25 de septiembre de 1506 moría en Burgos, de forma repentina, Felipe I de Castilla, conocido como el Hermoso. Tenía 28 años. Hacía apenas tres meses que la Concordia de Villafáfila, firmada con su suegro Fernando el Católico, le había dejado el gobierno de Castilla junto a su esposa, la reina Juana.
Todo empezó tras una partida de pelota. El joven rey se sintió indispuesto y en cuestión de días estaba muerto. La versión oficial habló de fiebres, pero enseguida corrieron por la corte rumores de envenenamiento, y no faltó quien señalara a Fernando el Católico como el principal beneficiado de aquella muerte. Un médico de la corte dejó escrita la evolución de la enfermedad: «Estábase con calentura y con sentimiento en el costado y escupía sangre. Y se le hinchó la campanilla, que decimos úvula, tanto que apenas podía hablar».

Los servidores flamencos de Felipe embalsamaron el cadáver, que recibió sepultura en la Cartuja de Miraflores, a las afueras de Burgos. Pero Juana recordó entonces que su esposo había dispuesto en su testamento ser enterrado en Granada, y ordenó desenterrarlo. El humanista Pedro Mártir de Anglería fue testigo de la escena: «Así pues, desenterró al marido el 20 de diciembre. Lo vimos colocado, dentro de una caja de plomo, recubierta con otra de madera, todos los embajadores presentes, a los cuales, una vez abierta la caja, nos llamó que reconociésemos el cuerpo…».
Un cortejo fúnebre por los caminos de Castilla
La reina, embarazada de la que sería su última hija, Catalina, emprendió el traslado del cuerpo hacia Granada viajando siempre de noche. Durante meses el cortejo fúnebre recorrió los pueblos castellanos sin que Juana se separase un momento del ataúd de su marido. La imagen de aquella reina vagando entre antorchas junto al féretro alimentaría durante siglos la leyenda de Juana la Loca.
El viaje nunca llegó a su destino. En febrero de 1509 Juana se instaló en Tordesillas, y el cuerpo de Felipe quedó depositado en la iglesia del convento de Santa Clara. Sería su hijo Carlos quien, años después, ordenara trasladar los restos de su padre a Granada para darles sepultura en la Capilla Real.
La muerte del rey dejó a Castilla sin rumbo. Juana, golpeada emocionalmente, fue considerada incapaz de gobernar, y los nobles castellanos, que habían jurado fidelidad a Felipe, quedaron desorientados y divididos. Ante el vacío de poder, Fernando el Católico regresó a Castilla como regente, amparado en la incapacidad de su hija.
Cuarenta y seis años de reina sin corona efectiva
La enfermedad de Juana fue aprovechada por su padre para hacerse con el gobierno del reino, recluyéndola en una casona palacio de Tordesillas. Cuando su hijo Carlos de Habsburgo accedió al trono como Carlos I, abriendo la era imperial de los Austrias, no suavizó las condiciones de aquel cautiverio.
Sin embargo, Juana nunca dejó de ser reina. Lo fue hasta el día de su muerte, en 1555, y en los documentos oficiales del reino figuraban ella y su hijo como reyes de Castilla. Durante cuarenta y seis años permaneció encerrada en Tordesillas. Cuando estalló la revuelta de las Comunidades, los comuneros intentaron atraerla a su causa y enfrentarla a Carlos. Pese a su triste existencia, y entre ruegos y amenazas, Juana se negó a firmar ningún documento que comprometiera a su hijo.
Hoy la reina descansa en la Capilla Real de Granada, junto a su esposo Felipe y a sus padres, los Reyes Católicos. Allí terminó, al fin, el viaje que ella misma había emprendido una noche de invierno de 1506 detrás de un ataúd.