Construcción Calzadas Romanas
La red de calzadas romanas fue una de las mayores obras de ingeniería civil de la Antigüedad y, en el caso de Hispania, una de las herramientas que hizo posible el control administrativo, militar y comercial de la península durante varios siglos. Su construcción respondía a un método bastante sistemático, documentado tanto por fuentes clásicas como por la arqueología, que permitió levantar miles de kilómetros de vías capaces de mantenerse en uso, en algunos tramos, hasta la actualidad.
Cómo se construía una calzada romana
El proceso comenzaba con el trabajo de los agrimensores, encargados de trazar la ruta más recta posible entre dos puntos con instrumentos como la groma, que permitía marcar ángulos rectos, o el corobates, un nivel de agua usado para comprobar la horizontalidad del terreno. Cuando el relieve lo exigía, los ingenieros no dudaban en excavar desmontes en la roca, levantar terraplenes o construir puentes antes que renunciar a la línea más directa.
Sobre el trazado marcado se abría una zanja y se disponían varias capas superpuestas: el statumen, formado por piedras grandes que servían de cimiento y facilitaban el drenaje; el rudus, una capa intermedia de piedra menuda mezclada con cal o arcilla; y el nucleus, de grava fina y arena compactada, que solía constituir ya la superficie final de la vía. Conviene matizar aquí una idea muy extendida: el pavimentum de grandes losas de piedra bien encajadas, la imagen que más se asocia popularmente a las calzadas romanas, era en realidad la excepción y no la norma. Se reservaba a tramos de especial relevancia, sobre todo calles urbanas y algunos accesos a las ciudades más importantes, mientras que la inmensa mayoría de la red, sobre todo en zonas rurales y provinciales, se resolvía con un firme de grava compactada (glarea), sin llegar a colocar esa capa de losas. La calzada se construía, en cualquier caso, con un ligero abombamiento central para que el agua de lluvia se escurriera hacia las cunetas laterales, y se completaba con miliarios que marcaban las distancias en millas.
Las grandes calzadas de Hispania
La provincia de Hispania quedó recorrida por una densa red viaria documentada principalmente a través del Itinerarium Antonini y el Vaso de Vicarello. La más importante de todas fue la Vía Augusta, con unos 1.500 kilómetros de recorrido a lo largo de todo el litoral mediterráneo, desde los Pirineos hasta Gades, la actual Cádiz, pasando por Tarraco, Saguntum, Carthago Nova y Corduba. Fue, con diferencia, el eje vertebrador de la red hispana.
La Vía de la Plata, por su parte, unía Emerita Augusta con Asturica Augusta a lo largo de unos 600 kilómetros en sentido norte-sur, atravesando el interior peninsular y conectando las explotaciones mineras del noroeste con el sur. Su nombre, pese a la creencia popular, probablemente no tiene relación con la plata, sino que deriva del árabe «al-balat» (camino empedrado) o de una raíz prerromana anterior. A ellas se sumaban otras rutas de gran importancia estratégica, como la que unía Corduba con Emerita Augusta, atravesando ciudades como Mellaria, en la actual Fuente Obejuna; la que conectaba Olisipo, la actual Lisboa, con Emerita Augusta; o la Vía Heraclea, de origen prerromano, que se integró en varios tramos con la propia Vía Augusta. En conjunto, la red viaria de Hispania sumaba varios miles de kilómetros de vías principales y secundarias, una cifra que la convirtió en una de las provincias mejor comunicadas de todo el Imperio.
Los carros y carruajes que circulaban por ellas
El tráfico en las calzadas romanas no era tan intenso ni diverso como a veces se imagina: su principal beneficiario era el cursus publicus, el servicio oficial de transporte de mensajes y funcionarios, junto con el ejército. Para el transporte de mercancías y productos agrícolas se empleaba sobre todo el plaustrum, un carro robusto de dos ruedas macizas tirado por bueyes, o el serracum, de ruedas más bajas y sólidas, pensado para cargas especialmente pesadas.
Para viajar, el vehículo más habitual era la raeda, un carruaje de cuatro ruedas con capacidad para varias personas y su equipaje, tirado normalmente por mulas o bueyes, que podía alquilarse con conductor (raedarius) en las llamadas raedae meritoriae. Existían también opciones más ligeras, como el cisium, un vehículo de dos ruedas equivalente a un taxi de la época, o más lujosas, como el carpentum, cubierto con una capota de tela y tirado por mulas, reservado tradicionalmente a matronas y funcionarios de alto rango. Los emperadores solían viajar en el essedum, de origen celta, adaptado por Roma para trayectos largos.
Los tramos mejor conservados hoy en España
De toda esa red original, algunos tramos han llegado hasta nuestros días en un estado de conservación notable. El más citado por los especialistas es un fragmento de unos 1.600 metros de la vía que unía Flaviobriga (Castro Urdiales) con Uxama Barca (Osma de Álava), en el Valle de Losa, al norte de la provincia de Burgos, señalado como el mejor conservado de España gracias en buena parte al trabajo del ingeniero e historiador Isaac Moreno Gallo. También destaca un tramo de la Vía de la Plata en las inmediaciones de Puerto de Béjar, en Salamanca, con un pavimento de grandes losas de granito perfectamente encajadas, junto a los restos de un fortín romano de vigilancia. Conviene tener presente que este tipo de tramos empedrados, precisamente por ser los más sólidos, son también los que con más frecuencia han sobrevivido hasta hoy y los que suelen fotografiarse y visitarse, lo que puede dar una impresión distorsionada del conjunto de la red: los firmes de grava, mucho más habituales en su momento, apenas han dejado rastro visible, al haber quedado enterrados o absorbidos por caminos y carreteras posteriores.
Otros puntos de interés para quien quiera caminar sobre una calzada romana original son el tramo del Puerto del Pico, en la Sierra de Gredos (Ávila), que conectaba el eje vial Emerita Augusta-Complutum-Caesaraugusta con el sur de la Meseta, o el fragmento de unos 200 metros documentado en Ablitas (Navarra), en el valle del Ebro. En todos los casos, la conservación de estos tramos se debe en gran medida a su uso continuado durante siglos como cañadas ganaderas o caminos rurales, lo que evitó que fueran cubiertos por el asfalto de las carreteras modernas.